lunes, 29 de abril de 2013

Los ojos del lobo


Los inviernos en la meseta no eran una estación, eran una forma de vivir. Amanecía lentamente. Una mano invisible y perezosa descorría suavemente las cortinas de la noche y la claridad conquistaba el espacio. Así íbamos recuperando nuestro mundo cotidiano, escondido tras la oscuridad. Mirabas por la ventana y allí estaba el corral y enfrente la huerta, junto al río, y enseguida las tierras de labor y un poco más allá el camino. A lo lejos, la ermita y en una linde indefinida, confundida con el horizonte, el pinar.
 
Con frecuencia, tras el vaho del cristal encontrabas una sábana de nieve. Como en las viejas casas, abandonadas temporalmente o sólo usadas en vacaciones, donde los muebles son cubiertos por lienzos raídos, la nieve cubría el pueblo y las tierras, dejando entrever, en desgarros de piedra, algunos tejados, las tapias de los corrales y, coronando la cuesta de la iglesia, la fábrica románica de San Román.
 

La nieve era entonces un fenómeno asiduo, inevitable y connatural en la estación. Nunca faltaba a su cita, ni se hubiera entendido el invierno sin su visita. Algunos años las precipitaciones eran particularmente intensas. Se cubrían totalmente los tejados, el camino quedaba impracticable, desaparecían las tierras, se perdía la ermita y el horizonte, la escuela cerraba y las familias permanecían durante días en encierro obligado, reunidas en torno al hogar. Si resultaba imprescindible, el hombre de la casa se aventuraba a buscar provisiones o leña, o a la bodega. Las primeras pisadas se hacían sobre mullido y la nevada parecía de algodón. Pero a medida que la marcha se alargaba el calzado se empapaba de humedad, el suelo se endurecía y los hilos del frío tejían entre los zapatos y la tierra una manta que pesaba hasta hacerse insoportable.
 

El hielo, cuya presencia transformaba el pueblo en una isla perdida en la meseta, y el lobo, como aparición casi sobrenatural, dominaban las conversaciones y los miedos familiares. La helada era un riesgo real, conocido, tangible, cuantificable.  Ocurría a veces, sin avisar, y suponía la ruina de la cosecha y un año de escasez en la economía doméstica. La más temible era aquella que aparecía en las noches de luna llena, una helada seca que petrificaba durante días el terreno, y quemaba las entrañas de la tierra.
 

El lobo era una advertencia intangible, imprecisa, pero tan real y conocida como el hielo. El lobo era un trasunto del invierno, familiar al paisaje, pero también un patrimonio local que se transmitía de generación en generación. Un indicativo del devenir del tiempo. Siempre, cualesquiera que hubieran sido las vicisitudes exteriores: invasiones, guerras, hambrunas, el lobo había acudido a su cita con los hombres del pueblo. Aparecía de pronto, tras una tapia, en un recodo de cualquier camino, su silueta de macho fuerte y poderoso, las patas firmemente afianzadas, la cabeza enhiesta, el hocico oteando el aire.
 

A decir verdad, el lobo era la única constante histórica del pueblo. En los últimos trece siglos, desde el primer asentamiento vaceo, todo en el pueblo había sufrido cambios sucesivos, de manera que era difícil señalar cual era su seña de identidad, su código comunitario. A los vaceos les sucedieron los arévacos, éstos fueron empujados por un pequeño grupo musulmán segregado de Mahamud, cuyos descendientes fueron a su vez expulsados por los repobladores castellanos, recién estrenado el siglo XII. Los árabes arrasaron el castro arévaco con su dolmen votivo, los castellanos demolieron la pequeña mezquita y, en su lugar, sobre la cuesta de Mirabueno, levantaron una hermosa iglesia románica, que aún perdura. Aquel asentamiento ha conocido momentos de esplendor, con una población abundante, de hasta un millar de vecinos, y una economía floreciente, ligada siempre a la agricultura de secano, seguida de decadencias de distinto signo.
 

El último no ha sido un buen siglo para el pueblo. Cuentan que la gripe del 16 se llevó a veinticinco almas, algunos viejos, pero la mayor parte niños. Por entonces también la filoxera arrasó casi todas las viñas. La guerra del 36 empujó al exilio a algunos vecinos. Bajas, en cambio, hubo pocas porque la mayoría de los mozos tuvo la suerte de quedar en la retaguardia. Con todo, lo peor para el pueblo ha sido el desarrollo industrial. Desde los años sesenta, la llamada de las fábricas vascas primero, y de la capital enseguida, han sido más demoledoras que la guerra. Hoy apenas quedan en el pueblo una docena de casas abiertas, habitadas la mayoría por viejos que resisten numantinamente la confortable invitación de la capital. La escuela cerró en 1979. Al curso siguiente un autobús pasó cada mañana a recoger a los niños para trasladarlos a Lerma. Los devolvía a la caída de la tarde, anochecido en invierno. Siguió haciéndolo tres años más. Luego ya no fue necesario. Hace mucho tiempo que no queda ningún niño en el pueblo.
 

En todo este tiempo, el lobo ha seguido bajando. Parece un sarcasmo pero, de todos los vecinos, ha sido el más fiel a su cita con la memoria del pueblo.
 

De alguna de sus incursiones, y de las consecuencias que de ella se han derivado, ha quedado constancia documental. En el libro de la iglesia correspondiente al año 1811 se relata que la vecina "Elodia Carcedo volvía el día 20 de febrero por el camino que viene de Presencio, como usaba hacer tres veces a la semana para proveer de leche y carne a su madre, que residía en dicho término, y, siendo el día claro, hallándose a la vista de la torre de San Román creyó sentir cerca de sí ruido de pisadas. Y dice que tomó entonces el camino de Villacisla para aguantar más, por temor a ser asaltada, y que en todo momento sintió la proximidad de los pasos. Estando a la altura de la era de Francisco Tomé creyó haber tomado distancia de su seguidor por no oír más ruido que el de sus propios pasos. Volvióse para comprobar que así era cuando en la linde de la susodicha era vio sin ninguna duda un lobo macho quieto sobre la tierra. Y que así quedaron ambos largo rato, ella porque el miedo le dificultaba dar un paso y el lobo porque no quiso hacerla mal alguno. Según confirma la vecina ante vecinos principales de este pueblo y ante mí, el párroco. El antedicho Francisco Tomé añade que, advertido del hecho por la dicha vecina Elodia Carcedo, alcanzó a ver huellas que bien podían ser de lobo, entre la era y el término de Borros pero que no pudo ver animal alguno. Y Marcial Gómez, vecino y alcalde del pueblo, añade que si bien puede ser extraordinario que la vecina Elodia Carcedo haya sido salva, no lo es la presencia del lobo, hecho frecuente en este término, no teniéndose noticia de su aparición en otros pueblos de la comarca".
Porque eso es lo que hace su presencia realmente singular, que esta no es tierra de lobos y que nadie en los pueblos de alrededor recuerda haber visto jamás un animal así en sus inmediaciones. Sólo en el pueblo. Indefectiblemente, de generación en generación.          
 

El abuelo Paco se lo encontró una vez. Ocurrió cuando se anunciaba la primavera del 34. Un año fatídico aquél, contaba el abuelo. A lo de Asturias siguió el indulto de Sanjurjo y luego la muerte de Gregorio, un pastor que había llegado a casa en vida de su padre y se quedó aquí toda la vida. Y a mediados de junio cayó una helada húmeda que terminó con la cosecha. Lo del lobo fue a primeros de marzo, el día 3, para hablar con propiedad, decía el abuelo.
 

Era el primer año que trabajaba sus propias tierras. Hasta entonces lo había hecho para la hacienda familiar pero cuando se casó, en septiembre del año anterior, su padre le dio cincuenta fanegas y le dijo: si quieres más te lo ganas tu. Así que subía por el Camino del Cristo para ver cómo nacía la cebada y lo encontró junto al manzano de la mojonera, quieto, como si lo estuviera esperando. Cogió un pedrusco para defenderse pero el animal siguió inmóvil todavía un rato, mirándole de frente. Juro que me miraba, insistía el abuelo, aunque no lo creáis, estuvo mirándome un rato hasta que, sin más, enfiló al sur y se fue. Le seguí con la mirada hasta que se perdió en el pinar. Pude haberle dado con la piedra pero me quedé con ella en la mano, pensando en su mirada. Todavía me acuerdo de sus ojos como si hubiera sido ayer mismo, repetía.   
 

Yo también me acuerdo como si hubiera sido ahora mismo. Al contrario que mis amigos de cuadrilla, yo no quería encontrarme con el lobo. O quizá sí, no estoy seguro, pero el caso es que pasaban los años y el animal no aparecía. ¿Y si no volviera nunca más? Nos preguntábamos los mozos a veces, cuando nos juntábamos en las Escavas. Mira que si se acabara la tradición en nosotros, comentó un día Jesús, tendría narices que los padres hubieran sido los últimos… Mirado así… Porque era cierto que después del tío Néstor nadie había vuelto a verlo.  
 

Aquel invierno había sido particularmente duro. La nieve llegó temprana, se enseñoreó de las tierras, se protegió en las umbrías y, en diciembre, durante una semana, se hizo fuerte en la carretera. Las cunetas se convirtieron en barricadas y el asfalto en una pista resbaladiza, lisa y peligrosa. El pueblo quedó totalmente incomunicado durante cuatro días. Los mensajes llegaban y salían a través del teléfono del teleclub, el único del pueblo entonces. Sólo cuando se cumplía el séptimo día la camioneta del reparto, una especie de supermercado ambulante, logró alcanzar la plaza. El sonido repetido de la bocina, avisando a las mujeres de su presencia, fue el primer signo de vuelta a la normalidad.
 

Yo estaba en casa por las vacaciones de Navidad y, después del encierro, me apetecía salir al aire libre, así que me puse las botas, cogí la moto y enfilé el camino de Báscones con la intención de disfrutar del paisaje y estirar a un tiempo las piernas. El tiempo, efectivamente, había cambiado y el sol alumbraba la tierra con una luminosidad que sólo es posible encontrar en la meseta en los días claros de invierno. El aire era de una transparencia casi irreal y desde el otero de la ermita se divisaba todo el término de Muñó. Animado, monté de nuevo sobre la moto y me encaminé a las cuestas de Santa Cecilia por el camino de Villaverde. Recuerdo bien que iba pensando en la soledad de los campos. Seguramente soy el único ser humano en varios kilómetros a la redonda, estoy solo, absolutamente solo, cavilaba. Al alcanzar el camino de tierra que se bifurca al Cristo y hacia Zael, enfilé en esta dirección, sin que hubiera ninguna razón especial para hacerlo. Quizá iba abstraído por la melancolía de la soledad - la agria melancolía - que puebla tus sombrías soledades- que escribiría Machado, o por la emoción del aire libre, tras el obligado encierro. El caso es que no me percaté del arroyo hasta que sentí el crujido bajo las ruedas y, para cuando quise darme cuenta de lo que pasaba, estaba cubierto de agua hasta la cintura y tratando de sujetar la moto para que no se me viniera encima. La superficie del regato estaba helada, de manera que apenas podía moverme. Busqué alguna rama de la orilla a la que asirme para salir de aquella trampa de hielo. Fue cuando le vi.
 

Yo también puedo jurar que me miraba. Lo juro por lo más sagrado. Me miraba fijamente, atento a mis movimientos. Ya sé que no es conveniente repetir estas cosas, que pueden creer que no estoy en mi sano juicio, que no es propio sostenerlo tantos años después, el hombre solvente que se supone que soy, un profesional reputado. Pero lo recuerdo como si acabara de suceder, me miraba y así siguió, atentamente, hasta que conseguí alcanzar la ribera y desde allí arrastrar la moto. Lo sé, sé que no debería decirlo. Pero es la verdad. La suya era una mirada humana. Miraba como deberíamos mirar siempre los hombres y las mujeres, de frente, a los ojos.      
 

El abuelo Paco murió en 1964, poco después de que se concediera a Burgos el Polígono Industrial. Al anochecer de un día de finales de verano. Yo fumaba junto a él, fumador empedernido desde su juventud, mi primer cigarrillo de hombre, ante los hombres de la familia, quiero decir. Había aprendido de él a liar picadura y hacía mucho tiempo que fumaba más o menos a escondidas, es decir, delante de cualquiera, incluida mi madre y mi abuela, pero nunca delante de mi padre o de mi abuelo. No había cumplido los quince años y a esa edad fumar ante los mayores se consideraba una falta de respeto. Mi tío Abilio no fumó delante de su padre hasta el día de su boda, según contaba mi abuela. Pero ese verano había sido especialmente duro, a pesar de mi poca edad yo había trabajado como un obrero más, ayudando a mi padre en las tierras, en la era y luego en el granero. Me levantaba a las cuatro de la mañana para ir al campo y volvía ya de noche, con los arrestos escasos para subir a mi habitación y dormir unas horas, para volver a empezar antes de amanecer el día siguiente. Mi abuela me había hecho unas muñequeras de tela fuerte, temiendo que se me rompieran los huesos. Llegué a arrastrar y a cargar pacas de casi dos veces mi peso. 
 

Uno de esos días, al volver de la tierra de Valdolé, mientras mi madre preparaba la cena, me senté en el bordillo de la puerta de la casa y, creyéndome solo, encendí un pitillo. No le había dado dos caladas cuando apareció mi padre y, tras él, mi abuelo. Yo tiré la colilla rápidamente al suelo pero mi padre había visto el brillo, como de luciérnaga, y dio un respingo. Mi abuelo le echó el brazo sobre el hombro. Déjale, si es hombre para cargar la parva, también es hombre para fumar. Mi padre no abrió la boca, pasó junto a mí y se metió en casa. El abuelo se sentó a mi lado. Toma mi chisquero y guárdalo, que yo poco lo necesito ya, pero que no se entere tu abuela, me dijo. Así que, con su chisquero, encendí dos cigarros, uno para él y otro para mí. Entonces apareció mi primo José Mari, que llegaba de Villafuertes. Han concedido el polo a Burgos y Aranda se ha quedado con un palmo de narices, dijo. Eso es cosa del obispo y de la mujer de Franco, respondió el abuelo con amargura, y la han hecho buena. A éste y a otros como éste, señaló a mi primo, les entrará el rumio de irse a trabajar a la ciudad y eso acabará con los pueblos. Yo no lo veré, pero será la ruina.
 

No supe qué decir. La capital era entonces para mí el lugar donde estudiaba durante el curso y me daba igual si el polo de desarrollo industrial lo situaban en Burgos que en Aranda. Como si no lo ponían en ningún sitio. Lo que de verdad me importaba entonces era que se terminara pronto el suplicio de la cosecha: la siega, el arrastrar, la trilla, la carga en el sinfín… Me parecía lógico que mi primo estuviera deseando irse a Burgos, a Bilbao o a donde fuera. Yo también quería irme. O por lo menos, no tener que estar todo el verano esclavo de mi padre. Levantándome de madrugada y acarreando todo el día, de sol a sol, decían, y cuando no había sol, lo mismo. Esto no es vida, ni para mi primo ni para nadie, y yo, si puedo, también me iré, diga lo que diga mi abuelo. No pensaba decirlo todavía porque yo era joven pero no insensato y ni borracho se me ocurriría llevar la contraria a mi abuelo.
 

Di la última calada al cigarrillo y le miré. Estaba recostado en la pared, sujetando la cachaba con las dos manos, los ojos cerrados, el cigarro en la comisura de la boca, como solía, y la expresión tranquila. En un primer momento pensé que también él estaría cavilando sobre el polo de Burgos, pero, de pronto, sentí como un escalofrío, una corriente como cuando se abre una puerta, y me sobresalté. Vamos para adentro, no se quede frío, abuelo, dije, temeroso. Cuando le toqué ya sabía que no me oiría nunca más. Se murió a mi lado, mientras yo me fumaba el primer cigarrillo de hombre.
 

Al abuelo le siguió pronto la abuela y, unos años después mi madre. La mecanización llegó también al secano, pero mi primo se fue a Bilbao, y yo también me fui. Vuelvo a veces, es verdad, pero rara vez me siento por la noche en el poyo, como entonces, a buscar las estrellas en el firmamento: allá la Casiopea, encima la Osa Mayor y allí la Menor. No lo hago porque no quiero admitir que ha desaparecido el mundo de mi niñez, el mundo que construyó mi abuelo y el abuelo de mi abuelo.
 

Tampoco los inviernos son como los de entonces, es verdad, ni las faenas del campo tienen nada que ver con las de entonces, afortunadamente. La poca gente que queda en el pueblo tiene las mismas comodidades que las de la ciudad. Los labradores lo son, la mayoría, porque han escogido ese trabajo, que es tan bueno como otro cualquiera, mejor que muchos otros. No es eso lo que me preocupa, al contrario. Creo que ese es el primer signo del progreso verdadero: poder elegir dónde quiere uno vivir y cómo.
 

Lo que me inquieta es el temor de que la ausencia del animal sea esta vez definitiva, la sospecha de que quizá nuestros ojos ya no sean capaces de mirar de frente a los ojos del lobo.
En diciembre pasado se cumplieron treinta y cinco años de su aparición en el camino de Zael. Ya se ha perdido una generación. Me pregunto si es que no ha bajado al pueblo o si nuestros hijos no han acertado a verlo. Me lo pregunto porque, como si escondiéramos una vergüenza, hace también muchos años que no hablamos de ello. Ni en las Excavas, donde seguimos reuniéndonos de vez en cuando a compartir recuerdos, chorizo y vino, ni en ningún otro sitio. Cuando murió el tío Néstor lo mencionó Miguel. Tuvo suerte, le tocó vivir un tiempo en que el lobo aún bajaba al pueblo, dijo, mientras le velábamos. También Miguel ha muerto ya. Sus hijos nacieron en Bilbao y vienen poco por el pueblo.
 

Como la mayoría de nuestros hijos. Algunos días en verano, el tiempo justo para dejar a los chicos pequeños e irse de vacaciones lo más lejos posible. En invierno apenas queda un alma en el pueblo.
 

Por eso traigo a mi nieta. Para que pise la tierra, para que aprenda a orientarse con las estrellas, a conocer las hierbas, a nombrar las flores, a distinguir las huellas en el camino. Para que aprenda a mirar a los ojos, de frente. La traigo en verano y volveremos en invierno. Por si aún estuviéramos a tiempo.

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