martes, 30 de octubre de 2012

Sólo la tierra en que se muere es nuestra


La primera vez que oí hablar de las fosas comunes y de las sacas de la guerra civil española fue a Arsenio el Mejicano. Arsenio sabía contar historias. Cuando cumplí trece años me dijo: no puedo regalarte una muñeca porque ya no eres una niña, ni un perfume porque aún no eres una señorita. Te regalo una historia que es mía y tuya y que será de tus hijos y de tus nietos.

Arsenio el Mejicano, en verdad, había nacido en mi pueblo, era hijo de un abogado terrateniente y había estudiado en la Institución Libre de Enseñanza. Las tierras familiares producían vino, remolacha, cereales y maíz, una rareza para la época. No era la única singularidad familiar, también cultivaba un concepto de la justicia y la equidad infrecuentes en un ámbito tan imbuido del caciquismo como Aranda.

De joven, Arsenio se afilió a Izquierda Republicana. Se hizo famoso por su oposición al Partido Agrario, que era el más influyente en la comarca, fundado por José Martínez de Velasco, senador con la Monarquía y ministro de Estado en la República.

Los agrarios le tenían inquina por su verbo convincente y brillante y porque le consideraban uno de los suyos, desviado, pero de los suyos y, por lo mismo, doblemente traidor. Don José se burlaba de Arsenio en los mítines, refiriéndose a él como “ese joven obrero señorito que viene a enseñarnos cómo hay que gestionar nuestras tierras”.

Arsenio respondía atacando a los caciques que “dicen defender a los labradores cuando en realidad defienden sus propios privilegios, y a la familia cuando lo que sostienen es la esclavitud legalizada y el sometimiento de las mujeres”. Y cuentan que lo hacía con palabras que cualquiera podía entender, hombre o mujer, letrado o ignorante.

La historia que me contó Arsenio empezaba el 18 de julio de 1936, cuando una parte del ejército español se sublevó contra la República. El alzamiento militar le pilló en Madrid y eso le libró. Porque en el pueblo se organizó una represalia feroz instigada o consentida por el capitán de la guardia civil, Enrique García Lasierra. Un traidor, este capitán, que empujó al pueblo a favor del levantamiento militar.

Como en una partida de ajedrez estratégicamente planificada, García Lasierra, escoltado por la Guardia Civil, emprendió una cascada de detenciones dirigidas a cortar de raíz cualquier intento de oposición en el pueblo. A primera hora de la mañana del día 19, acudió al Ayuntamiento, se hizo cargo del poder municipal y detuvo a los corporativos cesados, algunos en la misma casa consistorial, el resto en sus domicilios, donde descansaban, confiados en la palabra del capitán.

“Sabemos que la noche del 18 de julio estuvo a punto de desarrollarse una seria catástrofe en Aranda por las hordas marxistas. De ellas nos libró con su sagacidad, valentía y prudencia, el capitán de la Guardia Civil, Sr. Lasierra. A él debe Aranda el que esa noche no se desbordara en hechos vandálicos la fiera revolucionaria cual era su propósito y así amaneció el día 19 trayendo de Burgos, donde fuera aquella noche el señor Lasierra el bando de instrucciones para hacerse cargo de la población” aclaraba el periódico local, editado por la congregación claretiana.

Al caer la noche, todos los afiliados a la UGT de Renfe que permanecían en el pueblo, confiados en los consejos del alcalde y concejales, habían sido detenidos. Cientos de afiliados y simpatizantes de partidos de izquierda fueron arrestados o pasaron a la situación de búsqueda y captura.  

En la tarde del lunes 20, Arsenio aún pudo hablar por teléfono con su padre.
- No se te ocurra aparecer por aquí, le dijo, y procura ponerte a resguardo porque esto va a convertirse en una borrachera de sangre. 
No le dijo, sin embargo, que ese mismo día la Guardia Civil se había llevado a su hermano.

Hasta que todo terminó Arsenio no volvió a hablar con su padre, apenas pudieron cruzarse algunas cartas. A mediados de agosto, recibió una nota en la que le decía que ése era el momento de defender las ideas de justicia e igualdad en una España republicana. No mencionó que su hermano seguía detenido como decenas de personas de la comarca pero le sugirió que contactara con José Martínez de Velasco y le indicara la conveniencia de que se trasladara al pueblo, donde ocurrían algunos desmanes que, estaba seguro, él desautorizaría.
Que en el pueblo alguien se desmandara estaba dentro de lo razonable. De hecho, era lo cotidiano incluso sin levantamiento militar. En los últimos meses, rara había sido la semana que los falangistas no montaban alguna algarada, respondida con idéntica contundencia por cualquiera de los grupos de izquierda. Cuando la cultura sea un patrimonio común y no un privilegio de las clases dominantes los españoles podremos desprendernos de la violencia y entendernos mediante el diálogo y el  razonamiento, discurría Arsenio todavía por aquellos días.

En cuanto al recado de su padre, el apremio de la defensa de Madrid le había absorbido de tal manera que había olvidado a sus antiguos adversarios del pueblo. Las primeras gestiones no pudieron ser más desalentadoras. Al conocerse el levantamiento militar algunos políticos conservadores habían sido detenidos y recluidos en la cárcel Modelo, a las afueras de Madrid. Allí estaban, entre otros, José Martínez de Velasco, diputado a Cortes, subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia, con la Monarquía, ministro de Estado y vicepresidente de las Cortes con la República, breve alcalde de Madrid en 1934. Le acompañaban también Melquíades Álvarez, el jurista asturiano, diputado y ex presidente del Parlamento, fundador del Partido Republicano Liberal Demócrata Reformista, en el que militaba Manuel Azaña; Fernando Primo de Rivera, hijo del dictador Miguel Primo de Rivera y hermano de José Antonio, el fundador de la Falange; y el piloto Julio Ruiz de Alda, muy popular por haber protagonizado con Ramón Franco y Rada la hazaña del Plus Ultra, el primer vuelo trasatlántico entre España y Buenos Aires. Ninguno de ellos había sido procesado, estaban detenidos bajo la sospecha de simpatizar con los sublevados.

En aquel Madrid amenazado por las tropas insurrectas, al gobierno le resultaba muy difícil mantener el control de las distintas fuerzas políticas, dispuestas a defender el orden constitucional, pero cada cual con una  estrategia diferente, contaba Arsenio. La cárcel Modelo estaba en manos de los anarquistas. El 20 de agosto, negoció con el jefe cenetista una visita a Martínez de Velasco.

- Es de mi pueblo, le explicó.
- Pues vaya gentuza que hay en tu pueblo, respondió el miliciano de la CNT.
- ¿En el tuyo no?, contestó él.

La prisión aparecía atestada. En el enorme edificio de Moncloa los presos vivían hacinados, en condiciones penosas. Todos eran de ideología conservadora y muchos simpatizaban con los sublevados pero no todos estaban dispuestos a levantarse en armas contra el gobierno, los había que habían servido lealmente a la República, convencidos de que ésta podría sustituir con ventaja a la derrocada Monarquía.

Más aún que en el resto de España, en Madrid se habían vivido con angustia los días previos al levantamiento militar. El 12 de julio, unos pistoleros fascistas habían asesinado al teniente Castillo, un joven socialista recién casado; el día 13, un grupo de la policía había secuestrado y asesinado al líder del partido monárquico, José Calvo Sotelo; el 14, mientras los cadáveres de Castillo y Calvo Sotelo recibían sepultura, falangistas y guardias de asalto habían cruzado disparos que causaron cuatro muertos. Así no podemos seguir, pensaban muchos. La República no puede sostenerse si cualquier grupo faccioso puede asesinar impunemente a la policía, la policía se dedica a secuestrar y ejecutar a los diputados y cualquiera puede enfrentarse a tiros en las calles. Esta es la señal del alzamiento, se dijeron los militares rebeldes, que llevaban meses preparando el golpe contra el gobierno de izquierda elegido en febrero de 1936.

Luego, todo había ido a peor. El gobierno presidido por Casares Quiroga había pecado de ingenuidad, primero, y de falta de autoridad, después. Como consecuencia, la capital se había convertido en un reino de taifas donde cabecillas socialistas, comunistas y anarquistas se disputaban el derecho a perseguir y detener a cualquier persona sospechosa de no ser lo suficientemente entusiasta con el gobierno legal. Así las cosas, mejor en la cárcel que en la calle, pensó Arsenio al acordarse de Martínez de Velasco.

Se dirigió a la galería de políticos intentando que su visita fuera lo más discreta posible. Le chocaba ver a aquellos hombres, a muchos de los cuales había conocido vestidos de gala, despojados de sus señas de identidad de clase. La mayoría no se había aseado ni cambiado de ropa en las últimas semanas. Don José estaba visiblemente abatido y muy inquieto por el futuro de su mujer, que se había refugiado en la Embajada de Bélgica.

- Mi padre me manda para que ejerza su autoridad con los dirigentes de Aranda, al parecer están ocurriendo algunos desmanes que usted podría evitar, le sugirió.

- Yo no puedo interceder ante nadie porque estoy totalmente incomunicado con mi gente, sólo a un insensato como tú se le ocurriría arriesgarse para venir a verme a un lugar como éste, respondió el preso.

Arsenio le aconsejó mantenerse próximo a don Melquíades Álvarez, a quien suponía protegido por Azaña, de quien había sido mentor.

- Desengáñate, hijo, en estas circunstancias no hay nadie a salvo, le dijo.
Nunca, y le conocía desde niño, le había visto tan próximo, tan humano, ni tan rendido.

- Ya ves dónde han conducido nuestros altos ideales, admitió tristemente, a esta guerra civil en la que hemos caído todos, los de un lado y los del otro. 

Arsenio estuvo tentado de decirle que eran los suyos quienes se habían levantado en armas contra el gobierno legal, que él se estaba limitando a defender a la República, de la que el político había sido uno de sus representantes. No son los míos quienes han abierto la contienda, pensó responder, pero sintió un sabor amargo en la boca. Don José representaba a una clase política decadente que, no le cabía duda, estaba llamada a desaparecer para que España prosperara pero pensó que, cualquiera que fuera su error, no merecía encontrarse en aquel trance. Por él mismo y por el puñado de miles de votantes que habían confiado en él. Prometió volver a verle y se despidieron con un abrazo.

Dos días después, se declaró un incendio en la Modelo. En el tumulto, desde los edificios próximos se ametralló a los presos que permanecían en el patio, mientras un puñado de milicianos trataba de asaltar la prisión. Ni el director general de Seguridad, ni el de Prisiones, ni el ministro de la Gobernación acertaron a controlar la situación y evitar la masacre. Una treintena de detenidos murieron alevosamente. Melquíades Álvarez, José Martínez de Velasco, Julio Ruiz de Alda, Fernando Primo de Rivera, entre ellos.

Arsenio supo de la muerte de don José al día siguiente porque en esas fechas su primera preocupación era cortar el paso a las tropas rebeldes que atacaban por Somosierra, en el frente norte, y por Toledo en el frente sur. Castilla, Galicia, Navarra, una parte de Andalucía, de Extremadura y de Aragón ya eran de los sublevados. El Gobierno de la República parecía incapaz de enfrentarse eficazmente a la insurrección. Aquello no era un levantamiento, era una guerra, una guerra entre españoles, como había advertido don José.

Guerra o sedición militar, lo de la cárcel Modelo no tiene justificación, se quejó en el comité político, las fuerzas incontroladas están socavando la autoridad moral de la República. La autoridad moral de la República emana de ella misma y no hay que hay que dar pábulo al derrotismo, le respondieron.

Cuando empezó 1937, Arsenio había perdido la cuenta de los amigos que habían caído en uno y otro bando. Emiliano Barral había muerto en el frente de Usera. Emiliano era un escultor de Sepúlveda. Un socialista persuadido de que el mundo podría ser un lugar acogedor para todos, no sólo para los privilegiados. Era un hombre de bien. Su bonhomía le granjeó la amistad de don Antonio Machado, al que había conocido en los años 20, durante la estancia del poeta en Segovia, y de quien había hecho un busto. Don Antonio, a cambio, le dedicó unos versos: “Y tu cincel me esculpía / en una piedra rosada / que lleva una aurora fría / eternamente encantada”.

Cuando ocurrió el levantamiento militar, Emiliano trabajaba en Madrid, donde también vivía don Antonio, al que Arsenio y el escultor habían visitado varias veces. Emiliano colaboró en la recuperación de bienes artísticos de la capital, con Rafael Alberti y su mujer María Teresa León. Podía haberse librado de ir al frente como se habían librado otros intelectuales y artistas pero él creía que si la República sucumbía y triunfaban los sublevados, se hundirían los cimientos del mundo que estaban tratando de construir. Y entonces daría igual el arte y la literatura.
- Si los facciosos entran en Madrid y se hacen con el gobierno España dará un salto atrás, volverá al oscurantismo y a la fe ciega de las sacristías, caerá de nuevo en manos de los caciques, de la oligarquía, de los militares africanistas y se acabará la esperanza, había dicho la última vez que se vieron.

En el entierro de Emiliano Arsenio saludó a don Antonio, que parecía muy acongojado. Estaba seguro de que él también se había percatado de que estaban siendo diezmados, de que estaba cayendo una generación de españoles dispuestos a luchar por lo que, desde uno y otro lado, pensaban que era una sociedad mejor. En aquel tablero de ajedrez en que se había convertido España poderes ajenos a los ideales de unos y otros estaban jugando sus bazas ¿Quién está empujando esta masacre?, se preguntaba aún.

La guerra fue un suicidio colectivo, las izquierdas, los constitucionalistas, los nacionalistas y los revolucionarios no supieron parar la sublevación en el primer momento, y luego, no fueron capaces de controlar sus propias fuerzas: se dispersaron las energías y acabaron luchando contra los molinos de viento que eran ellos mismos. La derecha cavernaria, los burgueses, los aristócratas, los terratenientes, los obispos, no entendieron que el siglo XIX había terminado tres décadas atrás y se empeñaron en defender unos privilegios y una manera de entender los pactos sociales que sólo podían prosperar eliminando a la mitad de la población.

Eso era lo único que podía explicar que se hubiera encomendado el mando y el poder a alguien tan negado para la guerra moderna y para la política como Francisco Franco. El autoproclamado Generalísimo era el más cualificado representante de la facción africanista del ejército, experto en dejar tras de sí muertos y tierra quemada, estrategia que había aplicado en Marruecos y en Asturias en 1934 y que volvía a aplicar en los territorios rendidos. Muertos y terror. Las potencias extranjeras cerraron los ojos mientras Alemania e Italia armaban a los sublevados; Francia e Inglaterra negaban a la República el derecho a defenderse declarando una imparcialidad que, como luego se vio, tenía mucho de capitulación ante el fascismo, que tan alto precio iba a costar a los países democráticos. 

Acababa 1937 cuando Arsenio supo que su hermano había sido asesinado. Él y muchos otros tan culpables como él. Culpables de haber creído en la reforma agraria, en una distribución de la riqueza con más justicia, culpables de haber soñado con una república laica, culpables de simpatizar con la izquierda o, como en el caso de su hermano, culpable de encontrarse donde buscaban a otro. Se podía morir por cualquier cosa porque en aquella locura colectiva había muchos dispuestos a matar. Matar por odio, por envidia, por ajuste de cuentas. Matar por orden divina y con indulgencia plenaria. La iglesia católica, tan poderosa e influyente, bendecía a los sublevados y declaraba la guerra civil cruzada contra el comunismo. Pero los cruzados habían ido a buscarle a él, que no era comunista, y se habían llevado a su hermano, un ingeniero agrónomo que nunca había sentido interés por la política.

Los detenidos en aquellas redadas de primera hora fueron confinados en la cárcel de Burgos, la mayoría sin acusación ni procesamiento. A primeros de agosto empezaron a salir en pequeños grupos, de noche, maniatados. El hermano de Arsenio salió en la saca del 25 de agosto de 1936. Le acompañaba el alcalde y cinco de los concejales de izquierda.
- Lo supimos porque lo contó Eusebio Garcillán, que estaba con ellos en la cárcel. Llegó Elías Gómez, el falangista, y dijo a éste, éste, éste, éste y éste. Y se los llevaron.

El padre de Arsenio se enteró cuando fue a verle.
- Tu hijo ya no está aquí, no vamos a estar toda la vida alimentando al enemigo, le respondieron.

El padre, que había inculcado a sus hijos los beneficios del diálogo, del entendimiento, de la comprensión, debió sentirse perdido en medio de aquella sinrazón. Primero, apeló al derecho a saber dónde estaba su hijo y, luego, reclamó el cadáver si es que estaba muerto.
- Bastante tenemos con lo que tenemos, para andar buscando cadáveres de rojos. Si le hubiera educado mejor, no se habría visto en este trance, le respondió el jefe de la cárcel.

Fue inútil pedir un documento, el certificado de defunción. No había ley que amparara a los rojos. Entonces ya se hablaba de que los paseos y las sacas acababan en fosas comunes y alguien mencionó un lugar en el monte, cerca del pueblo. Pero oficialmente no existían fosas, ni sacas, ni muertos a medianoche, ni ajuste de cuentas. Oficialmente, el Alzamiento Nacional venía a reponer el principio de ley y orden y era sumamente arriesgado cuestionar la verdad oficial. Y la verdad oficial era que el hermano de Arsenio había sido detenido el 19 de julio por su oposición a la legalidad vigente  y trasladado a la prisión de Burgos de donde había salido el 25 de agosto. Lo que hubiera pasado después era cosa suya.
- Teniendo en cuenta los antecedentes familiares, lo más probable es que se haya pasado al bando de los rojos, respondió el capitán García Lasierra cuando el padre fue a solicitar el certificado de defunción.   

Les costó casi tres años, pero finalmente ganaron la guerra y los otros perdieron la paz y la oportunidad de regenerar España. Arsenio, además, perdió la fe en el pasado, en el presente, en el futuro y en la humanidad.

En noviembre de 1938 había sido evacuado a Valencia. A despecho del discurso oficial que seguía hablando de la recuperación de los territorios perdidos, muchos pensaban que aquello se desmoronaba sin remedio. El gobierno de la República era el primero que, ante el avance de las tropas fascistas, se había puesto a salvo en Valencia. Allí supo que a don Antonio Machado le habían enviado a Barcelona en abril de ese año. Pudo llegar en barco a la capital catalana, convertida entonces en refugio de los intelectuales.

Allí habían recalado José Bergamín, León Felipe, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández y Antonio Machado. Don Antonio vivía en la Torre Castañer, un edificio señorial pero medio derruido que había sido residencia de Alfonso XIII. Le acompañaban su madre, doña Ana, su hermano José y su cuñada Matea. En el Hotel Majestic se alojaban Joaquín Machado y su mujer. Al cuarto hermano de los Machado, Manuel, el alzamiento le había sorprendido en Burgos por puro azar, mientras visitaba a una cuñada monja.

El poeta, que siempre había parecido mayor, ahora era un viejo mal afeitado y peor trajeado, con dificultades para andar. Tenía en los ojos una nube de tristeza como si todos los pesares de su vida se hubieran venido a reunir en ese punto y momento. Le recordó como el amigo de Emiliano y le invitó a comer.

Dondequiera que fuera sólo se hablaba de la inminencia de la ofensiva sobre Barcelona. Arsenio se ofreció como conductor y le asignaron una de las ambulancias previstas para la evacuación de los intelectuales.
- Conozco a don Antonio Machado, está enfermo y le acompaña su madre, que es muy mayor, creo que les reconfortaría la compañía de alguien conocido, propuso. Había mucho desconcierto en la preparación pero les pareció razonable la propuesta.

El 22 de enero salieron de Barcelona. Viajaban en la ambulancia el poeta, su madre, su hermano José y su cuñada Matea, el doctor Puche, el filósofo Joaquín Xirau y su mujer. Hicieron una parada en una masía de Raset, ya en la provincia de Gerona, donde se les unió Corpus Barga, periodista y poeta, otros intelectuales y médicos. El 26 de enero cayó Barcelona y recibieron la orden de evacuar a Gerona. Trajeron otra ambulancia y una camioneta para trasladar los equipajes. El día 27, tomaron el camino de la frontera francesa. Don Antonio era un anciano desvalido y afligido. Al llegar a La Escala, aparecieron en el cielo los aviones de Franco. La gente buscó refugio fuera de los coches pero don Antonio y su madre, con dificultades para moverse, permanecieron en la ambulancia. Arsenio se quedó acompañándoles.
- Yo no debía salir de España. Sería mejor que me quedara a morir en una cuneta, distinguió la voz del poeta.

Poco antes de llegar a la frontera, los coches quedaron atascados. Estaba a punto de caer la noche, llovía torrencialmente y hacía mucho frío. Todos trataban de proteger a doña Ana, empapada por la lluvia, y a don Antonio, que tenía que ser sostenido en volandas para poder avanzar. Arsenio volvió a su ambulancia.

Cruzó la frontera la tarde del 28 de enero de 1939. El salvoconducto de conductor le facilitó el paso ante los soldados senegaleses que trataban de cribar el aluvión de refugiados. No quiso mirar atrás. Había soportado tres años de guerra, había perdido a la mayor parte de sus amigos, ignoraba si tenía familia o estaba solo en el mundo, había visto algunos ejemplos de abnegación y de heroísmo pero también se sentía traicionado por algunos compañeros de ideales en quienes había confiado. Palabras como patria o fraternidad, habían perdido todo significado para él.

Los Machado se habían refugiado en el Hotel Bougnol-Quintana de Collioure, dirigido por una mujer simpatizante de la República española, Pauline Quintana.

La evacuación había sido demasiado penosa para la ya delicada salud de don Antonio y para la avanzada edad de su madre. Don Antonio se estaba dejando morir. De hecho, murió el 22 de febrero, que era miércoles de ceniza, a las tres y media de la tarde, en la misma habitación en la que, inconsciente, agonizaba su madre.

El cadáver de uno de los más grandes poetas que ha dado España, fue velado por sus amigos y por algunos de los exiliados españoles que en los días anteriores habían llegado a Francia. Allí estuvo Arsenio, por sí mismo y por su amigo Emiliano Barral.
- Ese triste orgullo me cabe, decía, el de haber acompañado a ambos a la tumba. Le gustaba recordar, para que no se olvidara, que don Antonio Machado murió en el exilio, solo, pobre y triste.

Tres días después moriría doña Ana, pero él ya no estaba allí.
- La Francia, mucha egalité, legalité y fraternité pero en aquella ocasión se portaron con los republicanos españoles como delegados del gobierno franquista, decía.

Miles de españoles cruzaron la frontera francesa entre enero y marzo de 1939. Cuando creían salvarse del acoso de los fascistas y alcanzar la libertad de un país con tradición hospitalaria resultó que les esperaban los campos de concentración. Mujeres, hombres, niños, abandonados a las inclemencias de aquel invierno aciago, recluidos entre alambradas como perros rabiosos en las llamadas zonas de acogida, a la intemperie en las arenas de Saint Cyprien, Argeles-sur-Mer o Barcarès. Sólo en los primeros seis meses, 14.672 españoles murieron de desnutrición, disentería y enfermedades bronquiales.

De aquella miseria colectiva, Arsenio se salvó por don Antonio. El salvoconducto de la ambulancia le libró de una segura detención y le permitió una libertad de movimientos que, a la postre, resultó providencial, si es que la providencia estaba en esos momentos de guardia, que no es muy seguro. Mientras vivió el poeta, su preocupación fue hacer su estancia lo más acogedora posible, que las penalidades materiales no se sumaran a su dolor espiritual; no le quedó tiempo para pensar en otras preocupaciones.

Pero ahora que ya no estaba don Antonio para mitigar mis inquietudes, caía en la cuenta de la precariedad de su situación. No podía volver a su casa, si para entonces le quedaba casa y familia, estaba solo en un país hostil. Por no tener, no tenía ni patria. No quería ser español, se había jurado al cruzar la frontera, reniego para siempre de este país cainita, que encarcela a sus representantes y permite que los maten alevosamente, que asesina y abandona en las cunetas a ciudadanos indefensos y expulsa a la masa encefálica de su sociedad.
- No quiero ser español, se reafirmó, ante la tumba de don Antonio, en Colliure.

Calculó que en sus circunstancias, el riesgo de ser detenido era directamente proporcional a la cercanía de la frontera así que, como su conocimiento del francés era bastante aceptable, puso tierra de por medio y se encaminó al norte, donde sería más fácil pasar desapercibido. Llevaba poco más de un mes en París cuando oyó que le llamaban desde el otro lado de la calle. ¡Arsenio, Arsenio!

Era Nan Green, una enfermera inglesa a la que había conocido en Madrid en 1937. Nan había pasado la guerra en el lado republicano organizando hospitales de campaña, había visto morir a su marido, brigadista como ella, y ahora, perdidas todas las batallas, se dedicaba a organizar el exilio de los derrotados. Era una mujer admirable y animosa. Necesito ayuda para reagrupar a las familias que están dispersas en los distintos campos de concentración para sacarlas de Francia, le dijo.

Él le advirtió que había decidido renunciar a la ciudadanía española y que no tendría documentación hasta que se la proporcionase el grupo de refugiados que estaba rehaciéndole la identidad.
- Ya te buscaremos papeles, prometió ella, y no te hagas elucubraciones patrióticas. Franco te ha tomado la delantera y ha decidido que los españoles no pueden ser rojos y que los rojos no pueden ser españoles.

Así fue como Arsenio se unió al Nacional Joint Comité for Spanish Relief, que recaudaba fondos en Gran Bretaña para trasladar a los refugiados españoles a México, país que había ofrecido asilo a los republicanos. El primer barco que se fletó fue el SS Sinaia, de bandera francesa, que se utilizaba para llevar peregrinos a La Meca.
El SS Sinaia partió del puerto de Sète el 2 de junio de 1939. Durante los veintitrés días que duró la travesía, ayudó a Nan a organizar las comidas de los muchos niños que viajaban a bordo.

Después de las penalidades físicas y de los sufrimientos a causa de la guerra, todos se debatían entre el alivio por lo que habían dejado atrás y el desasosiego ante lo que les aguardaba. Después de la desastrosa experiencia francesa, el recibimiento de México superó sus ilusiones más optimistas. Salieron de Francia un puñado de apátridas desesperados y desembarcaron en México dos mil ciudadanos luchadores por la libertad, aclamados por gente que salía en tropel a darles la bienvenida.

Cuando puso el pie en tierra firme estaba decidido a pedir la ciudadanía mejicana. En el puerto de Veracruz los esperaba el doctor Negrín, jefe de gobierno de la República en el exilio, con la banda del Quinto Regimiento, y una multitud de mejicanos con pancartas a favor de la República española.

En los meses siguientes, miles de españoles fueron expatriados a México, Venezuela, Argentina… La mayoría mantuvieron la nacionalidad española y juraron no pisar España en tanto viviera el dictador que se había sublevado contra la República.

Arsenio obtuvo la ciudadanía mejicana en 1940. Años después, volvió a su pueblo a visitar la tumba de sus padres y ver si era posible enterrar con ellos el cuerpo de su hermano.
- Es una deuda que tengo con mis padres, con mi hermano y con los que murieron como él y que algún día saldaré yo, si alcanzo a vivirlo, o que otros saldarán por mí, declaraba.

Tenía, ya lo he dicho, trece años cuando Arsenio el Mejicano me contó su historia y sembró en mi una sospecha desasosegante: la existencia de fosas comunes ocultas por el silencio colectivo de personas a las que yo conocía: mis abuelos, los abuelos de mis amigos, los que habían vivido las detenciones y habían callado, los que conocían las sacas y habían callado. No pensaba en quienes habían delatado, detenido, autorizado o protagonizado las sacas. Pensaba en quienes les conocían, les saludaban al encontrarse en la plaza, les invitaban en el bar o les reían los chistes. ¿Cómo era posible que los mismos que habían decidido a sangre fría la muerte de sus vecinos vivieran plácidamente con los padres, los hermanos, los hijos, los vecinos, los amigos de sus víctimas? ¿Cuánto miedo es necesario acumular para acarrear ese secreto y seguir levantándose cada mañana y mirar a los asesinos como si no hubiera ocurrido nada?

Ese pensamiento me acompañó durante años, mucho después de haber dejado atrás la infancia. Arsenio el Mejicano volvió más veces al pueblo. En cada viaje visitábamos el monumento en los jardines en memoria de Diego Arias de Miranda.
- Pocos saben y ninguno quiere recordar que el escultor fue Emiliano Barral, el mejor de su generación, repetía.

Siguió con preocupación las peripecias de la transición a la muerte de Franco y con alarma el asalto al Congreso protagonizado por Tejero. En el otoño de 1982 demoró sus vacaciones hasta después de las elecciones, así fue como pudo vivir la llegada al poder del Partido Socialista Obrero Español.
- Hay cosas que nunca nos podrán devolver, se lamentaba a veces.

Y yo sabía que pensaba, sobre todo, en su hermano y en los asesinados que permanecían en las fosas ocultas. En la navidad de 1987 recibí una carta de su hija. “Murió en paz consigo mismo y con los demás”, decía. Incluía un sobre que Arsenio dejó para mí cuando supo que no volvería más al pueblo. Dentro encontré unos versos escritos de puño y letra por don Antonio y dos fotos, en una aparecía Arsenio en la tumba del poeta en Collioure y en la otra estábamos ambos en el monumento de los jardines. Los versos dicen así: “Vendida fue la puerta de los mares, / y las ondas del viento entre las sierras, / y el suelo que se labra, / y la arena del campo en que se juega, / y la roca en que yace el hierro duro; / sólo la tierra en que se muere es nuestra”.

Un día, a punto de acabar el siglo veinte, me contaron que había llegado al pueblo un equipo de “la memoria histórica”. La memoria histórica, qué traidoras pueden ser las palabras. Habían pasado más de sesenta años de las sacas, de los asesinatos, de las confiscaciones de tierras, de las fosas, y nadie de los que podrían guardarlo en su memoria había sentido la necesidad de decir lo siento, nos equivocamos, las cosas fueron así, lo hicimos porque creíamos defendernos, fue un tiempo convulso, un desvarío. Nadie había vuelto a hablar de aquella locura. Los asesinos, harto conocidos, eran ya hombres ancianos, habían prosperado protegidos por el régimen que ayudaron a imponer, habían gozado de una vida confortable y de total impunidad. Seguían disfrutando de esa impunidad que nadie les discutió a la muerte del dictador. Habían pasado sesenta años viendo a los padres, a las mujeres, a los hijos de sus víctimas. Sesenta años, y aún era posible palpar el odio de unos y el miedo de otros.

Trabajé en las excavaciones durante las vacaciones. No fue fácil. Nos acusaron de revanchistas, de querer remover los odios del pasado, de atizar el enfrentamiento. No fue fácil, pero en el verano de 2003 excavamos en el monte, a cuatro kilómetros del pueblo y aparecieron restos de ochenta y un cadáveres. De la Lobera se extrajeron otros cuarenta y seis cuerpos. Ninguno de ellos correspondía a la saca de la que había hablado Arsenio. En el verano de 2006 las excavaciones se dirigieron a las inmediaciones de Lerma. La de Andaya son en realidad cuatro fosas, tres de ellas sin apenas separación, en las que encontramos cincuenta y seis cuerpos. En agosto de 2007 abrimos la cuarta, a unos diez metros de las anteriores, en la que aparecieron veintinueve cuerpos.

Supe que aquélla era la fosa de la que hablaba Arsenio antes de leer el acta: “En el proceso de la exhumación se ha conseguido identificar a tres de los republicanos allí enterrados, todos ellos vecinos del pueblo.  (…)

En esta fosa todos los cuerpos han aparecido con un orificio de bala en el cráneo, realizados con dos pistolas diferentes, en algún caso, los disparos se produjeron una vez introducidos en la fosa. También se puede concluir que varios de ellos fueran torturados antes de ser asesinados por las señales dejadas en los huesos, según acreditaron los antropólogos presentes en la  exhumación. La identificación de los cuerpos, la realizará el departamento de Medicina Forense de la Universidad del País Vasco”.

Pudimos identificar al hermano de Arsenio por un detalle de la dentadura común en su familia: tenía un colmillo más corto que el resto de los dientes. Encontramos su cuerpo el 25 de agosto, el mismo día que se cumplían setenta y un años del asesinato. La vida tiene a veces esas cosas.

Un mes después, la hija de Arsenio asistió al entierro de su tío en el panteón familiar. Le propuse, y ella aceptó, que cincelaran en la losa el verso de don Antonio: Sólo la tierra en que se muere es nuestra.

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