lunes, 1 de octubre de 2012

Bruno



He vuelto a vivir mil veces esa noche, como si se tratara de una película. Hacia adelante, hacia atrás. Repaso una y otra vez los minutos de aquel encuentro. No he hablado de ello con nadie. Ni siquiera he sabido encontrar una explicación razonablemente sensata. Pero sigo yendo a Aza con la esperanza de hallarlo.
 

En los últimos años el pueblo vive una lenta pero indiscutible recuperación. Se han rehabilitado viejas casonas, se han construido otras nuevas sobre los solares abandonados. Incluso ha abierto un hotel y un restaurante, en el que hay que hacer reserva con antelación si quieres comer un día de fiesta. Me gusta pasear por su muralla natural, recostarme en el lienzo del torreón, asomarme a la balconada de su atalaya rocosa desde la que se divisa la comarca entera. Al contrario de la desolación que encontré en mi primera visita, ahora el caserío está poblado del sonido de la vida, hay niños que corren por la calle, coches aparcados junto a las casas, que se adivinan vividas. Incluso visitantes, la última vez que estuve, coincidí con un grupo de la tercera edad, al que un guía local explicaba la historia de la Comunidad de Villa y Tierra de Aza, la bien murada, la avanzada cristiana, cuna de Santa Juana, madre de Santo Domingo de Guzmán.
 

Algo dentro de mí me dice que volveré a encontrarle. Quizá sólo sea una esperanza loca. O los restos de mi infancia que aún me acompañan.

Las noches de invierno en la meseta, el frío lo invade todo. Cuando el sol cae por el horizonte, llega un viento helado que parece querer borrar la vida. A decir verdad, cuando sucedió yo tenía todavía una idea muy vaga de lo que era el mundo y unas nociones muy escasas de climatología. Creía que la niebla era un fantasma gigante. La encontraba muchas mañanas, al cruzar el puente para ir a la escuela, esa bruma blanquecina y húmeda que nacía del río. La de aquella noche, sin embargo, era una niebla espesa y negra que parecía haberse tragado las casas, mi calle entera. Cuando me asomé a la esquina de La Cadena, me pareció que, incluso, se había tragado aquel río mío, tan querido.
 

Tengo que decir, a riesgo de ser mal interpretado, que el río y yo nos hemos entendido siempre bien. Yo solía bajar a la huerta de mi tío Vitoriano, justo debajo del puente, y desde allí contemplaba el paso de la gente por arriba y del agua por abajo. Así fue como descubrí que la voz de una ciudad es diferente según la hora del día y según el día. También descubrí que el río tiene su acento y no suena igual un domingo que un jueves, en navidad que en verano. Tiempo después, oí decir a mi abuelo que cuando empezó la guerra, el río bajó tres días en silencio. Debía de ser verdad porque cuando murió la abuela el agua pasaba mansamente delante de la casa, como si el río también llorara.
 

Cierto es que entonces no era el caudal ennegrecido y maloliente que ahora es, ni Aranda era aún la ciudad con aspiraciones que hoy pretende ser. Por lo que a mí se refiere, era lo suficientemente pequeño e ignorante para tener miedo de aquella niebla tan inocentemente amenazadora. Al salir a la acera sentí que el corazón me latía más deprisa. Estuve a punto de volverme a casa, pero entre el miedo a la niebla y el temor a que se rieran de mí, este último me empujó a la calle y eché a correr. Fue al doblar la esquina de la droguería Requejo cuando le vi. Estaba sentado, tranquilamente. Como si no hiciera aquel frío, ni le asustara la anoche. Más aún, como si no hiciera niebla. Estaba solo como yo, pero él sin miedo.
 

Cuando rememoro aquel momento me veo a mí mismo como un pájaro pequeño, mojado, volando de ala. Él me miraba y sonreía. Sé que estuve rebuscando en mi mente alguna explicación a la presencia de aquel hombre de edad incierta. Es mayor que mi padre y más joven que mi abuelo, me dije. Enseguida me percaté que su aspecto tenía algo entonces inusual: llevaba barba. Y es que -ya está visto que yo no era un chico de mundo- hasta ese instante sólo había conocido a otros dos hombres barbados. Uno era Elpidio, el pastor; el otro Saturio, el asesino. El recuerdo de ninguno de los dos me servía de mucho en aquel trance. A Elpidio le habían dado tierra un mes después de llevarle al asilo de Burgos. Decían que se había dejado morir. En cuanto a Saturio, iba para dos años que le encerraron en el penal del Dueso. Debió ser al pensar en Saturio o en el entierro de Elpidio, o quizá fuera el frío, pero me puse a tiritar. Mientras luchaba contra el temblequeo, aún pude hacerle un rápido examen. Vestía pantalón y una chaqueta muy usados, no llevaba gorra y del hombro le colgaba una especie de zurrón de cuero, distinto al que llevaban los pastores, más cuidado, diferente.
 

Como en un destello fugaz, me acordé de otro tipo con barba, lo que me hizo barruntar que el miedo estaba a punto de trastornarme por completo. Se trataba de uno de los santos de la iglesia de San Juan y, a pesar de su condición inanimada, me unía a él cierta familiaridad. 
Eran aquéllas unas imágenes grandes, inmensas para mi altura de niño. Una estaba frente al púlpito, camino del pasillo que lleva a la capilla de las Calderonas. Representaba a Santa Ana y todo el mundo decía que por su expresividad y lo depurado de su traza era lo mejor que había en la parroquia, pero a mí me parecía demasiado adusta para ser una santa. La otra, en cambio, parecía estar colocada como a trasmano, a propósito para no ser vista. Nunca había encontrado a nadie que rezara a su lado y, sea por eso, o porque tenía una expresión como de tristeza, a mí se me figuraba que era un santo con mala suerte, de manera que alguna vez que entré a la iglesia buscando escondite en los tres aviones, me quedé junto a él. Más que nada por hacerle un rato de compañía. Me parecía que mi presencia podía consolarle del desdén ajeno. En una de aquellas visitas escondite me sorprendió Carlos el chico del holajatero y luego fue diciendo a los demás que me había pillado rezando.
- El Paco, que se ha metido a rezar, no te fastidia la beata esta.
- Beata serás tú, no te giba, me defendí ante los demás chicos.
- Bueno, pues que no se vale esconderse en la iglesia, ya lo sabes.
- Que además, como te pille el cura te la cargas, majo.

Creo que estaba a punto de llorar, por estar allí, por no ser mayor, por tener tanto miedo que ni andar podía y, sobre todo, por aquella niebla. Había visto una película en la que la niebla se engullía un barco y empecé a pensar que a lo mejor ésta nos tragaba a nosotros. O nos llevaba a otro país. Su voz, sin embargo, resonó con más fuerza que la niebla.
- ¿Cómo te llamas?
- Francisco, pero todos me llaman Paquito.
 

No había terminado de decirlo y ya estaba furioso conmigo mismo. Si era de por aquí pensaría que era un engreído por haber dicho Francisco. Si era de lejos, no comprendería por qué me habían puesto Francisco para llamarme Paquito. No tengo miedo, sólo que soy pequeño, me dije para darme ánimo. Quise correr a mi casa pero el caso es que me quedé allí, quieto como un pasmarote.
- Bueno, Francisco, ¿quieres sentarte conmigo?
 

En lo que yo recuerdo, era la primera vez que alguien me llamaba Francisco. Y aún ahora, siendo así como me conocen, nunca nadie ha pronunciado mi nombre de aquella manera. En ese momento, lo sé bien, pensé de nuevo en el santo de San Juan. Me había llamado Francisco. A lo mejor es el santo, mira tú, me dije. Lo recuerdo con nitidez que me dije, a lo mejor es él que se ha quitado el disfraz de santo y me reconoce. Pero enseguida, lo que ya apuntaba en mí de sensatez me advirtió, no puede ser, Paco, que el santo de San Juan es más grande y, aparte, está claro que es de madera. Además que si fuera él no me habría llamado Francisco porque de sobre sabría que soy el Paco. De pronto, empecé a sentir una curiosidad más grande y más fuerte que el frío y que la niebla.
- ¿Cómo te llamas?, acerté por fin a preguntar.
- Bruno.
 

Yo no conocía a nadie de mi pueblo que se llamara Bruno, así que si no era el santo de San Juan, podía ser un extranjero como los húngaros que pasaban por Aranda en sus carros.
- ¿De dónde eres?
- De Aza, me dijo. Soy de Aza.
 

Noté que se alegraba cuando le conté que conocía su pueblo, que desde lo alto del torreón se ve toda la Ribera y que, aunque casi todas las casas estaban vacías y sólo quedaban unos pocos viejos tomando el sol en los muros del castillo, a mí me gustó.
- Estuve con mi abuelo el verano pasado. Se ve hasta la torre de Hoyales. Y un poco de Torregalindo. Mi abuelo dice que fue el mejor pueblo de la Ribera y todavía tiene buenas tierras pero que la gente se va por la maldición.  
- No es una maldición, es una deuda.
 

Entonces me contó una extraña historia sobre un artista de Aza que hirió a un cura porque hizo mofa y befa de una imagen que él había esculpido para el arciprestazgo de Aranda. Él dijo mofa y befa y yo entendí que debía ser alguna barbaridad.
- Perdí la cabeza cuando vi la mella de los golpes que el cura había descargado en la imagen, me explicó.
 

La Justicia entregó a Bruno a la Iglesia porque el delito había sido cometido en su jurisdicción. El clero de Aranda acudió al cardenal Cisneros, que estaba en Roa esperando al rey Carlos, y reclamó un castigo ejemplar. Los curas de Roa, por una vez, estuvieron de acuerdo con los de Aranda: la afrenta al lugar sagrado es una deuda que debería expiar también Aza.
 

El cardenal dictó sentencia: la talla de la que tan orgulloso estaba el artista sería colocada en Aranda, en sitio tan preferente que todo el pueblo pudiera admirarla. Y a su lado, depositario del tesoro y rehén de la expiación, permanecería el artista. No volvería a Aza en tanto la imagen se mantuviera en el mismo lugar, y era tan  hermosa que difícilmente los de Aranda consentirían en su traslado. En cuanto al pueblo, entregaría un habitante por año, alternativamente, al censo de Roa y al de Aranda, en tanto durara la ausencia del artista.
 

Mientras él desgranaba aquel relato, yo intentaba adivinar de qué otro pueblo podía hablarle para mantener su interés, pero ya he dicho que yo no era un chico de mundo. Así que cuando terminó permanecimos ambos silenciosos hasta que el reloj del ayuntamiento, guardián del puente, compañero de charlas del río, organizador amable de mis días, suspiró sus campanadas. Me levanté de un salto.
- Tengo que irme.
 

Bruno me miraba. Quise pedirle que fuera mi amigo. Podía hacerle compañía. Aunque fuera pequeño…
- ¿Podría verte mañana? Los jueves no tengo escuela por la tarde… ¿quieres?
 

Bruno seguía mirándome. Luego, me extendió su mano grande, blanca, limpia. Entonces me di cuenta de que no había niebla. Enfrascados como habíamos estado, se nos olvidó la noche y el frío y se nos escapó la niebla.
- ¿Quieres ver mi río?
 

Estaba allí abajo, tan próximo como siempre. Juntos nos empinamos sobre la barandilla del puente. Me producía una alegría recién estrenada mirar al río con Bruno. Le hablaba yo de aquella vereda de hierba corta, de árboles viejos, testigos del lento pasar del agua, cuando una mano fuerte cayó sobre mi hombro. Era mi padre. Me señaló el reloj que escuchaba detrás de mí.
- Hace dos horas que saliste de casa, ¿se puede saber que haces aquí?
- Estaba contándole a Bruno cómo es el río.
 

Me volví para que Bruno corroborara mi respuesta, y un escalofrío me cruzó el alma. No estaba. La cabeza gacha, callados mi padre y yo, volví a casa. Mi padre me apalabró un castigo para la próxima vez que mintiera. Mi madre dijo que era cosa de la edad, que la imaginación se desboca. Yo no volví a hablar de mi amigo para evitar discusiones.
 

Al día siguiente, le busqué por todos los rincones de Aranda, hasta que, de  pronto, una idea se abrió paso en mi cabeza y corrí a San Juan. La iglesia estaba oscura y mis ojos permanecían ciegos por la claridad de fuera. Me acercaba lentamente al lugar donde tantas veces había visto aquellas figuras, con sus túnicas largas, cuando el corazón empezó a golpearme con fuerza. Alguien se las había llevado. Quedaban allí, testigos de la marcha, las dos peanas. Empujado por el susto, salí corriendo a la calle. En la puerta, un grupo de mujeres voceaba su protesta.
 

- Se han llevado lo mejor. Este cura vacía la iglesia.
- Ya ni a misa nos van a dejar ir tranquilos. ¡Qué tiempos, Señor!
- Era un camión entero, la mitad de San Juan.
- Y más que se llevarán como no les paremos los pies. Están robando al pueblo.
    Aún con el sobresalto, pregunté a Manolín el de la panadera, qué había pasado.
- Que un camión se ha llevado muchos santos y vírgenes. Dicen que el cura los ha vendido a un señor de Madrid. ¡Se va a armar una! ¿Vienes a verlo?
- ¿Has visto tú el camión?
- Sí.
- Dime la verdad, ¿se llevaban los dos santos grandes?
- Uno sólo, el que estaba en el altar. Me he fijado porque tenía un golpe gordo debajo.
- ¿Estas seguro?
- Seguro, he visto todo lo que sacaban desde el balcón de mi casa.
- ¿Me lo juras?
- Jobar, qué pesado eres. Claro que te lo juro. Cruzó los dedos en aspa y besó sobre ellos. Por éstas.
 

De vuelta a mi casa, apoyado en la barandilla del puente, se lo conté al río.
Ha pasado una vida desde entonces. Y aún sigo yendo a Aza con la esperanza de encontrarlo.

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