miércoles, 26 de septiembre de 2012

Gadea y el pez Bermi


Bermi era un pez bebé que nació en el arroyo de un pueblo chiquito que se llama Revenga.
El arroyo de la Olma es un río pequeño pero a sus habitantes les parecía un mar muy grande porque nunca habían visto el mar. 

 En realidad, los inquilinos del arroyo no conocían otro lugar que las aguas donde habían nacido y donde discurría toda su vida. 
Allí habían vivido siempre los papás de Bermi, de la familia de las bermejas, y las familias de los barbos, las carpas y las truchas.  
Con ellos vivían también la señora Rana y sus hijos pequeños, Sapi y Renacuajo.
Bermi y sus amigos: Carpo, Truch y Colorín, formaban la pandilla del arroyo.
Colorín había llegado al río un día que el jardinero olvidó cerrar la compuerta del aljibe de la plaza y ya no quiso volver, porque en el aljibe no tenía amigos y en el arroyo sí.
 
Como tampoco tenía familia, porque le habían comprado en un acuario, Colorín se quedó a vivir con sus parientes lejanos, una familia de truchas que no tenía hijos, los tíos de Truch.
Por la mañana, las crías del arroyo de la Olma iban al colegio del señor Barbo, donde aprendían, entre otras muchas cosas, a nadar contra corriente y a distinguir las distintas especies de personas que visitaban la ribera. 

- Hay personas respetuosas con el río y con la tierra, las conoceréis porque andan con cuidado para no estropear ni manchar las orillas, no arrojan papeles ni suciedad al agua y no gritan para no molestar a las aves, les enseñaba el profesor. Son los Guachi.
- También hay visitantes mal educados que ensucian las riberas y utilizan las aguas como si fueran el cubo de basura, sin tener en cuenta que el río es nuestra casa. Se les conoce como los Bribones.
En la clase de emergencias y primeros auxilios, el profesor les advertía sobre los pescadores furtivos que se llevan los peces a escondidas y les enseñaba a comportarse en caso de inundaciones o tsunamis de río.


El señor Barbo era el más viejo del arroyo. De joven sobrevivió a una riada que se llevó el limo, las ramas del lecho del agua y a la mayoría de peces. El profesor era serio pero no aburrido. Les contaba historias unas veces divertidas y otras no, pero siempre interesantes, del río y del pueblo.
Cuando no tenían clase, la pandilla del arroyo jugaba en el agua hasta que se hacía de noche y sus papás les llamaban para dormir. 

 En verano se acercaban al riachuelo los niños de Revenga. Como en cualquier otro lugar, había niños Bribones, que se divertían persiguiendo y enfadando a los peces, y niños Guachi, que saludaban a los animales y jugaban con el agua. Así conoció Bermi a Gadea, que iba todos los días al arroyo con su abuelo. Gadea también se hizo amiga de Bermi, le llevaba migas de pan y trozos de pastel. 
Gadea vivía en Madrid, tenía un gato que se llamaba Machín y era amiga de los animales. Gadea era una niña Guachi.
El arroyo de Revenga era un sitio agradable para vivir. No obstante, a veces Bermi soñaba con viajar, vivir aventuras, irse con Gadea a conocer mundo.

Un día llegó al río una viajera desconocida, parecía una serpiente, pero no lo era, parecía un pez pero tampoco era un pez. Tenía ojos y boca de pez y cuerpo negro y largo de serpiente. Parecía muy cansada y tenía algunas heridas en la cola, se diría que había hecho un largo y difícil viaje.
- Hola, amigos, dijo por fin, la visitante misteriosa. Me llamo Angu. Soy una anguila, y he llegado hasta aquí siguiendo el plano de mi abuela, que vivió en este río hace muchos años.
El señor Carpón pidió inmediatamente la palabra para decir que, sin duda, la anguila estaba mintiendo porque en el arroyo jamás habían vivido seres tan feos y negros como ella. Además, añadió, no podía quedarse porque en aquellas aguas no había sitio para tantos.
- Ya somos bastantes con las crías de la señora Rana, que en cuanto se hacen mayores no paran de entrar y salir del arroyo a la ribera y de la ribera al arroyo. No queremos aguantar las molestias de más forasteros. Me opongo a que se quede, exclamó.   
Cuando el señor Barbo tomó la palabra, todos se percataron de que estaba muy emocionado.
- La anguila Angu dice la verdad, su abuela vivió en el río durante mucho tiempo y fue amiga mía. Su ayuda nos salvó la vida a algunos peces cuando la gran riada. Era una anguila valiente. 

 Bienvenida a casa, dijo a Angu.
    El señor Carpón y algunos peces que le acompañaban refunfuñaron al oir al profesor dar la bienvenida a la anguila. Los demás habitantes del arroyo estuvieron de acuerdo en acoger a la viajera.
- Teníamos que contratar a alguien para la limpieza del fondo, Angu es grande y fuerte, puede hacerse cargo de esa tarea, propuso el señor Barbo.
    La joven anguila aceptó encargarse de la limpieza y vivir en una cueva más pequeña, a cambio de ser admitida por los habitantes del arroyo.    
 
Bermi y sus amigos se acercaron con curiosidad a Angu. Ella les sonrió.
- De cerca no es tan fea, dijo Colorín en voz baja, y toda la pandilla estuvo de acuerdo.
    La anguila es hacendosa y amable, decían la mayoría de vecinos del río.
- Pero es fea, negra y extranjera, protestaban los amigos del señor Carpón.
    En el tiempo que le dejaban libre sus obligaciones, Angu se unía a la pandilla de Bermi y compartía sus juegos. Con ella aprendieron a conocer mejor el arroyo y se aventuraron a nuevos lugares.

A veces, Angu se ponía triste al recordar a su familia, repartida por los mares y ríos del mundo.
- Las anguilas nacemos en el mar de los Sargazos, que es el lugar donde se reúnen nuestros padres al final de sus vidas para desovar. Desde allí, cuando todavía somos alevines, salimos en busca de nuestro río familiar. Cada familia tiene un río en su memoria y hacia él parten las crías en un viaje que dura meses. Se mueven todos juntos, millones de gusanillos, casi transparentes, recorriendo miles de kilómetros hasta las costas de Europa bañadas por el Océano Atlántico, relata a sus amigos.

- Cuando los alevines llegan a la desembocadura de los ríos europeos se han convertido en angulas, que son las anguilas bebé. En las noches de luna nueva, cuando el cielo y el mar están más oscuros, las angulas chicas empiezan a remontar el río nadando contra corriente, en busca del lugar donde antes estuvieron sus madres y donde ellas se harán mayores y se convertirán en anguilas. Las anguilas chicos se quedan en la desembocadura.Sólo unas pocas lo consiguen porque entre el mar y el río las esperan los cestos de los pescadores. Las angulas que superan los obstáculos de la corriente pasan años en el agua dulce del río. Hasta que un día sienten la llamada del mar y emprenden el viaje de vuelta. 
- ¿Y tú también volverás al mar?, preguntan sus amigos a Angu. 
- Claro, cuando sea mayor iré de nuevo al mar de los Sargazos.

Bermi también sueña con viajar a otros ríos y llegar al mar, conocer peces y animales de los que les ha hablado Angu: congrios, besugos, merluzas, delfines, cangrejos, almejas... En el arroyo nadie había visto nunca un delfín.
 
  La pandilla del arroyo supo que había llegado el otoño porque empezó a llover con fuerza. Una semana después seguía lloviendo. Los mayores empezaban a preocuparse.
- Si no escampa pronto se desbordará el arroyo, oyeron a la señora Rana.

El señor Barbo les recordó lo que habían aprendido en las prácticas de emergencia. 
No olvidéis nunca que debéis permanecer en el agua, si saltáis a tierra moriréis sin remedio porque no tenéis pulmones para respirar al aire libre. Tampoco debéis salir de los límites del arroyo sin la compañía de un instructor que os indique el camino de vuelta si os perdéis. 
Bermi, Carpo, Truch y Colorín trataban de disimular su miedo. Sólo Angu estaba tranquila.
 Finalmente, el arroyo de la Olma se desbordó.
 
La señora Rana croaba llamando a sus hijitos. Sapi y Renacuajo temblaban subidos a la espalda de su mamá. El señor Carpón y sus amigos se metieron en la cueva grande y cerraron por dentro. Nadie más pudo entrar al refugio. El profesor y Angu organizaron la operación de salvamento.
Sortead la corriente, protegeros en las hierbas de la orilla, gritaba el señor Barbo.
Un golpe de agua arrastró a la anguila.
- Angu, vuelve con nosotros, enróscate en las ramas. ¡Ven, Angu!, llamaba el profesor.
Pero Angu no podía oirle porque la corriente era cada vez más fuerte y porque en ese momento trataba de salvar a la abuela Trucha que estaba a punto de perderse en el torrente.
Bermi la vio serpentear entre las piedras del cauce y temió que su amiga tomara el camino de vuelta al mar. Pensó que el arroyo se quedaría muy triste sin Angu, recordó su viejo sueño de conocer el mar y decidió seguirla.
 
   Así empezó su aventura, un difícil y largo viaje.
Siguiendo el curso del arroyo llegó al río Cogollos y de allí a otro que llamaban Arlanzón, desde el que llegó al Arlanza.
En un primer momento creyó que aquél podía ser el mar. Le preguntó a un pez grande que le miraba con cara de pocos amigos.
- Perdone, soy Bermi, del arroyo de la Olma en Revenga y estoy buscando el mar ¿He llegado ya? 
- ¿Tú eres tonto o qué?, le dijo, esto que va a ser el mar, si el agua del mar es salada. El Arlanza es un afluente de un afluente de un río. Creo que te vas a  meter en un lío, chico.
    Bermi sospechaba desde hacía rato que se había perdido pero no quería asustarse. Había perdido de vista a Angu, y no conocía a nadie de aquel lugar. Además tampoco sabía distinguir el agua salada porque él siempre había vivido en el arroyo de la Olma. Optó por seguir adelante. 
    Así llegó al otro afluente del que le había hablado el pez grande y antipático.
- ¿Podría decirme cómo se llama este río?, preguntó a un cangrejo verde que se daba el gran festín en la salida de un colector.
- Tú no eres de por aquí, ¿Verdad? Porque no recuerdo haberte visto antes, respondió el cangrejo.

Soy del arroyo de Revenga, que se desbordó con la lluvia, dijo Bermi. He tratado de seguir a mi amiga Angu y llegar al mar, pero me parece que me he perdido.
- Huy, chico, perdidito del todo. Estás en el río Pisuerga, no te queda camino ni nada para llegar al mar. Yo te acompañaría si fuera joven pero tengo familia que cuidar, ya lo siento.
 
Bermi empezaba a estar asustado de verdad. Pensaba que iba a ser más fácil llegar al mar y ahora, perdido de río en río, sin poder distinguir el agua dulce de la salada temía no alcanzar su sueño.
- Seguro que Angu ya ha llegado al mar, pensaba.
Al recordar a su amiga no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos.
- Tengo que encontrarla, decidió.
    Como estaba un poco cansado, se durmió sobre la corriente del río. Cuando despertó le pareció estar en un lago enorme.
Esto sí que tiene que ser el mar porque no se ve la orilla por ninguna parte.
    Una familia de patos y un cisne le miraban.
- ¿Adonde vas dando tumbos como un sonámbulo?
- Creo que me he dormido… confesó Bermi, un poco avergonzado al verse observado por tantos animales mayores.
-  Claro que te has dormido, pero ¿desde cuándo? Porque tienes un aspecto penoso, añadió un cisne.
 
   Bermi se miró y admitió que las aves tenían razón. Estaba hecho una calamidad, tenía las escamas sucias, los ojos pegajosos, las branquias turbias y hasta se le había enganchado un helecho en la cola. Un auténtico desastre. - ¿Estamos en el mar?, preguntó tímidamente.
Las aves aleteaban de risotadas.
- Estamos en el Duero, uno de los mayores ríos de la Península Ibérica, respondió el cisne, acabas de pasar por Tordesillas, así que aún queda mucho río hasta el mar.
Déjale, dijeron los patos, que este pequeñajo no es de nuestra panda.
Bermi aún no sabía contar bien pero calculaba que llevaba muchos días fuera del arroyo de Revenga. Es verdad que tenía miedo de seguir pero, al mismo tiempo, se daba cuenta de que estaba conociendo lugares nuevos que ni se imaginaba que existían. Y, además, estaba decidido a llegar al mar. - Estoy aprendiendo muchas cosas que luego podré enseñar a Carpo, Colorín, Truch y a los demás amigos del arroyo.
Se despidió de las aves del Duero.
- En buen lío te has metido, chaval, le dijeron los bebés pato.
    Bermi siguió el curso del Duero mucho tiempo más. En la ribera pudo ver campos de cereal – trigo y cebada - como en Revenga, pero también tierras de remolacha, de patatas, de legumbres – garbanzos y lentejas – y viñas, muchas viñas. Tuvo que sortear gigantescos saltos en los que el agua caía con una fuerza colosal. Supo que eran fábricas de donde salía la luz que luego llegaba a los pueblos y ciudades.
De aquí vendrá la luz de la farola de Revenga, pensó. A la vuelta se lo contaré a mis amigos.
    Ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba recorriendo el Duero cuando se percató de que estaba atrapado en un espacio reducido, entre cuatro paredes y una barcaza grandota.- Mañana desembarcaremos los toneles de vino en Oporto, oyó que decía uno de los pasajeros del barco. Y, sin saber por qué, se puso contento.
Hacía días que Bermi había empezado a notar un olor desconocido.
- Será el vino que, según había aprendido en su viaje, era famoso en todo el mundo.
 Pero no era el vino de Oporto, era un olor diferente que no acertaba a distinguir. Cuando se abrió la compuerta de la exclusa, la barcaza se puso en marcha. Bermi decidió seguir su estela para no perderse en el camino a Oporto. El Duero se había convertido en un río grande, grandísimo, pero él sabía que aún no había llegado al mar.
Comprendió que había llegado a Oporto por el tráfico fluvial. Aquello era una cosa imposible. Se cruzaban barcos de gran calado con pequeñas barquitas con motor fuera borda y otras también pequeñas pero que se movían con unas palas planas.
 Bajo el agua se encontraban, además, cientos de objetos totalmente desconocidos para Bermi: bolsas, envases, botellas, cajas, plásticos, madera, cristal… El río era un auténtico vertedero.
 Bermi comprendió que también allí había muchos Bribones y que debía ir con los ojos muy abiertos para no golpearse con tanta basura y no ser atropellado por tanto barco.
 
Una vez más, se acordó del arroyo de Revenga, donde no había tráfico de barcos, el agua era más clara y estaban sus amigos.
- ¿Qué habrá sido de Angu?, se preguntó una vez más.
 
   La corriente se había hecho más rápida en aquel tramo. Se sentía empujado hacia delante con tanta fuerza que apenas podía esquivar el choque contra los vertidos.
Que me vais a hacer daño!, protestaba Bermi.
El recuerdo de sus amigos le puso un poco triste. Además estaba muy cansado y en aquellas aguas no conocía a nadie.
Una lata de refresco le golpeó en la aleta caudal. Le sangraba la herida. Quiso gritar y a poco se tragó una bolsa de pipas.
    Bermi se sintió indefenso y asustado. Estaba tan triste que se puso a llorar. Las lágrimas le brotaban como el agua de la fuente de Revenga.  Lloró tanto, tanto, que no se percató de que estaba solo en medio del agua. Había perdido de vista las orillas, los barcos, los vertidos… no distinguía nada a su alrededor.  
De pronto, notó que las lágrimas tenían un sabor diferente, no eran lágrimas de agua dulce, sabían a sal.
- ¡Estoy en el mar! ¡He llegado al mar!, gritó.
 
Efectivamente, había llegado a la desembocadura del Duero, en el Océano Atlántico.
 
Bermi se puso a saltar con alborozo.
- Tralarará, lara, lara. He llegado al mar, cantaba.
Pero cuando se le pasó la excitación se percató de que él no era un pez de mar, era un animal de río. ¿Cómo iba a vivir en un lugar tan grande sin perderse?¿Cómo iba a encontrar el camino de vuelta al arroyo de Revenga?
Estaba asustado.
- No puedo dejarme llevar por el miedo, ahora que por fin he llegado al mar, pensó. De la misma manera que he venido hasta aquí, tengo que pensar en cómo volver. Pero, de momento, voy a disfrutar de este lugar maravilloso.
Bermi se dejó llevar por la corriente marina. Notó que en algunos lugares el agua estaba más caliente. - Eso es por la corriente del Golfo, le contó Delfi, un delfín bebé que saltaba junto a su familia.
     El pez del arroyo aprendió a seguir la corriente cálida y a alimentarse del plancton marino. Así recorrió muchas millas sin alejarse demasiado de la costa para no perderse del todo.
    Había nadado un largo camino cuando, un día de verano, decidió acercarse a la playa.
- Debería ir poniendo rumbo a casa como hizo Angu, pensó.    Sorteando los barcos de pesca y las barcas de vela que navegaban por aquellas aguas, se aproximó con mucho cuidado a la orilla, aprovechando el empuje de la marea alta hasta llegar a una laguna de agua calentita. 
¡Qué bien se está en esta poza al sol!, exclamó. Voy a echar una siesta. 
    Pero Bermi no estaba en una poza. Al retroceder la marea, había quedado atrapado en una charca sin salida al mar. Oyó voces de niños que jugaban en la arena.
 

- Mira, un pececito muerto …
    El pez del arroyo abrió un ojo con mucho cuidado y vio que dos niños le miraban atentamente. 
- No esta muerto, está descansando…
    Los niños volvieron al castillo de arena que estaban levantando y Bermi cerró de nuevo los ojos hasta que distinguió una voz familiar.
- Abuelo, abuelo, mira este pez, es como el del arroyo de Revenga, decía una niña.
Bermi dio un respingo. ¿El arroyo de Revenga? Esa voz…
- ¡Si es Gadea, la niña Guachi que iba con su abuelo Jaime!
 
   Efectivamente, Gadea estaba en la playa con sus abuelos Jaime y Mery y, como era una niña muy observadora y le gustaban mucho los animales, había reconocido a Bermi.
- ¡Pobre Bermi! ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Te has perdido?, le interrogaba Gadea.
- Tenemos que devolverle al arroyo, propuso el abuelo Jaime, los peces de agua dulce están mejor en los ríos que en el mar. Incluso los peces aventureros, como Bermi.
 El pez hubiera querido explicarles su peripecia pero pensó que era preferible esperar a estar en el arroyo de la Olma y contárselo a sus amigos.
- ¿Quieres volver con tu familia y tus amigos?, le preguntó Gadea.
Bermi sonrió a su amiga con una sonrisa especial de pez que sólo ven los niños Guachis como Gadea. El abuelo llevó a la poza una pecera-caravana, en la que introdujeron a Bermi y y así emprendieron el viaje hasta Revenga.
 
Al llegar, se acercaron con mucho cuidado al arroyo y sumergieron la pecera en el agua para que Bermi pudiera salir  fácilmente.
 La primera en reconocerle fue Angu, que no había perdido la esperanza de reencontrar a su amigo.
- Es valiente y sabrá volver, repetía,    cuando los demás habitantes del arroyo creían que se había perdido definitivamente con la riada.
Todos se alegraron mucho de volverle a vez. Y más cuando Bermi les contó sus aventuras, lejos de Revenga.
Sus papás le encontraron muy crecido.
- Te has hecho mayor, le dijo mamá Bermeja.
 
- Y has sido muy decidido, añadió papá Bermejo, estamos  orgullosos de ti, aunque deberás tener cuidado de no perderte nunca más.- Conocer lugares nuevos y vivir aventuras es también bonito, contestó Bermi, y además, ahora que he aprendido el camino no me perderé. En vacaciones saldré a conocer otras aguas y así, si me extravío, puede encontrarme Gadea...


 

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