lunes, 29 de abril de 2013

Los ojos del lobo


Los inviernos en la meseta no eran una estación, eran una forma de vivir. Amanecía lentamente. Una mano invisible y perezosa descorría suavemente las cortinas de la noche y la claridad conquistaba el espacio. Así íbamos recuperando nuestro mundo cotidiano, escondido tras la oscuridad. Mirabas por la ventana y allí estaba el corral y enfrente la huerta, junto al río, y enseguida las tierras de labor y un poco más allá el camino. A lo lejos, la ermita y en una linde indefinida, confundida con el horizonte, el pinar.
 
Con frecuencia, tras el vaho del cristal encontrabas una sábana de nieve. Como en las viejas casas, abandonadas temporalmente o sólo usadas en vacaciones, donde los muebles son cubiertos por lienzos raídos, la nieve cubría el pueblo y las tierras, dejando entrever, en desgarros de piedra, algunos tejados, las tapias de los corrales y, coronando la cuesta de la iglesia, la fábrica románica de San Román.
 

La nieve era entonces un fenómeno asiduo, inevitable y connatural en la estación. Nunca faltaba a su cita, ni se hubiera entendido el invierno sin su visita. Algunos años las precipitaciones eran particularmente intensas. Se cubrían totalmente los tejados, el camino quedaba impracticable, desaparecían las tierras, se perdía la ermita y el horizonte, la escuela cerraba y las familias permanecían durante días en encierro obligado, reunidas en torno al hogar. Si resultaba imprescindible, el hombre de la casa se aventuraba a buscar provisiones o leña, o a la bodega. Las primeras pisadas se hacían sobre mullido y la nevada parecía de algodón. Pero a medida que la marcha se alargaba el calzado se empapaba de humedad, el suelo se endurecía y los hilos del frío tejían entre los zapatos y la tierra una manta que pesaba hasta hacerse insoportable.
 

El hielo, cuya presencia transformaba el pueblo en una isla perdida en la meseta, y el lobo, como aparición casi sobrenatural, dominaban las conversaciones y los miedos familiares. La helada era un riesgo real, conocido, tangible, cuantificable.  Ocurría a veces, sin avisar, y suponía la ruina de la cosecha y un año de escasez en la economía doméstica. La más temible era aquella que aparecía en las noches de luna llena, una helada seca que petrificaba durante días el terreno, y quemaba las entrañas de la tierra.
 

El lobo era una advertencia intangible, imprecisa, pero tan real y conocida como el hielo. El lobo era un trasunto del invierno, familiar al paisaje, pero también un patrimonio local que se transmitía de generación en generación. Un indicativo del devenir del tiempo. Siempre, cualesquiera que hubieran sido las vicisitudes exteriores: invasiones, guerras, hambrunas, el lobo había acudido a su cita con los hombres del pueblo. Aparecía de pronto, tras una tapia, en un recodo de cualquier camino, su silueta de macho fuerte y poderoso, las patas firmemente afianzadas, la cabeza enhiesta, el hocico oteando el aire.
 

A decir verdad, el lobo era la única constante histórica del pueblo. En los últimos trece siglos, desde el primer asentamiento vaceo, todo en el pueblo había sufrido cambios sucesivos, de manera que era difícil señalar cual era su seña de identidad, su código comunitario. A los vaceos les sucedieron los arévacos, éstos fueron empujados por un pequeño grupo musulmán segregado de Mahamud, cuyos descendientes fueron a su vez expulsados por los repobladores castellanos, recién estrenado el siglo XII. Los árabes arrasaron el castro arévaco con su dolmen votivo, los castellanos demolieron la pequeña mezquita y, en su lugar, sobre la cuesta de Mirabueno, levantaron una hermosa iglesia románica, que aún perdura. Aquel asentamiento ha conocido momentos de esplendor, con una población abundante, de hasta un millar de vecinos, y una economía floreciente, ligada siempre a la agricultura de secano, seguida de decadencias de distinto signo.
 

El último no ha sido un buen siglo para el pueblo. Cuentan que la gripe del 16 se llevó a veinticinco almas, algunos viejos, pero la mayor parte niños. Por entonces también la filoxera arrasó casi todas las viñas. La guerra del 36 empujó al exilio a algunos vecinos. Bajas, en cambio, hubo pocas porque la mayoría de los mozos tuvo la suerte de quedar en la retaguardia. Con todo, lo peor para el pueblo ha sido el desarrollo industrial. Desde los años sesenta, la llamada de las fábricas vascas primero, y de la capital enseguida, han sido más demoledoras que la guerra. Hoy apenas quedan en el pueblo una docena de casas abiertas, habitadas la mayoría por viejos que resisten numantinamente la confortable invitación de la capital. La escuela cerró en 1979. Al curso siguiente un autobús pasó cada mañana a recoger a los niños para trasladarlos a Lerma. Los devolvía a la caída de la tarde, anochecido en invierno. Siguió haciéndolo tres años más. Luego ya no fue necesario. Hace mucho tiempo que no queda ningún niño en el pueblo.
 

En todo este tiempo, el lobo ha seguido bajando. Parece un sarcasmo pero, de todos los vecinos, ha sido el más fiel a su cita con la memoria del pueblo.
 

De alguna de sus incursiones, y de las consecuencias que de ella se han derivado, ha quedado constancia documental. En el libro de la iglesia correspondiente al año 1811 se relata que la vecina "Elodia Carcedo volvía el día 20 de febrero por el camino que viene de Presencio, como usaba hacer tres veces a la semana para proveer de leche y carne a su madre, que residía en dicho término, y, siendo el día claro, hallándose a la vista de la torre de San Román creyó sentir cerca de sí ruido de pisadas. Y dice que tomó entonces el camino de Villacisla para aguantar más, por temor a ser asaltada, y que en todo momento sintió la proximidad de los pasos. Estando a la altura de la era de Francisco Tomé creyó haber tomado distancia de su seguidor por no oír más ruido que el de sus propios pasos. Volvióse para comprobar que así era cuando en la linde de la susodicha era vio sin ninguna duda un lobo macho quieto sobre la tierra. Y que así quedaron ambos largo rato, ella porque el miedo le dificultaba dar un paso y el lobo porque no quiso hacerla mal alguno. Según confirma la vecina ante vecinos principales de este pueblo y ante mí, el párroco. El antedicho Francisco Tomé añade que, advertido del hecho por la dicha vecina Elodia Carcedo, alcanzó a ver huellas que bien podían ser de lobo, entre la era y el término de Borros pero que no pudo ver animal alguno. Y Marcial Gómez, vecino y alcalde del pueblo, añade que si bien puede ser extraordinario que la vecina Elodia Carcedo haya sido salva, no lo es la presencia del lobo, hecho frecuente en este término, no teniéndose noticia de su aparición en otros pueblos de la comarca".
Porque eso es lo que hace su presencia realmente singular, que esta no es tierra de lobos y que nadie en los pueblos de alrededor recuerda haber visto jamás un animal así en sus inmediaciones. Sólo en el pueblo. Indefectiblemente, de generación en generación.          
 

El abuelo Paco se lo encontró una vez. Ocurrió cuando se anunciaba la primavera del 34. Un año fatídico aquél, contaba el abuelo. A lo de Asturias siguió el indulto de Sanjurjo y luego la muerte de Gregorio, un pastor que había llegado a casa en vida de su padre y se quedó aquí toda la vida. Y a mediados de junio cayó una helada húmeda que terminó con la cosecha. Lo del lobo fue a primeros de marzo, el día 3, para hablar con propiedad, decía el abuelo.
 

Era el primer año que trabajaba sus propias tierras. Hasta entonces lo había hecho para la hacienda familiar pero cuando se casó, en septiembre del año anterior, su padre le dio cincuenta fanegas y le dijo: si quieres más te lo ganas tu. Así que subía por el Camino del Cristo para ver cómo nacía la cebada y lo encontró junto al manzano de la mojonera, quieto, como si lo estuviera esperando. Cogió un pedrusco para defenderse pero el animal siguió inmóvil todavía un rato, mirándole de frente. Juro que me miraba, insistía el abuelo, aunque no lo creáis, estuvo mirándome un rato hasta que, sin más, enfiló al sur y se fue. Le seguí con la mirada hasta que se perdió en el pinar. Pude haberle dado con la piedra pero me quedé con ella en la mano, pensando en su mirada. Todavía me acuerdo de sus ojos como si hubiera sido ayer mismo, repetía.   
 

Yo también me acuerdo como si hubiera sido ahora mismo. Al contrario que mis amigos de cuadrilla, yo no quería encontrarme con el lobo. O quizá sí, no estoy seguro, pero el caso es que pasaban los años y el animal no aparecía. ¿Y si no volviera nunca más? Nos preguntábamos los mozos a veces, cuando nos juntábamos en las Escavas. Mira que si se acabara la tradición en nosotros, comentó un día Jesús, tendría narices que los padres hubieran sido los últimos… Mirado así… Porque era cierto que después del tío Néstor nadie había vuelto a verlo.  
 

Aquel invierno había sido particularmente duro. La nieve llegó temprana, se enseñoreó de las tierras, se protegió en las umbrías y, en diciembre, durante una semana, se hizo fuerte en la carretera. Las cunetas se convirtieron en barricadas y el asfalto en una pista resbaladiza, lisa y peligrosa. El pueblo quedó totalmente incomunicado durante cuatro días. Los mensajes llegaban y salían a través del teléfono del teleclub, el único del pueblo entonces. Sólo cuando se cumplía el séptimo día la camioneta del reparto, una especie de supermercado ambulante, logró alcanzar la plaza. El sonido repetido de la bocina, avisando a las mujeres de su presencia, fue el primer signo de vuelta a la normalidad.
 

Yo estaba en casa por las vacaciones de Navidad y, después del encierro, me apetecía salir al aire libre, así que me puse las botas, cogí la moto y enfilé el camino de Báscones con la intención de disfrutar del paisaje y estirar a un tiempo las piernas. El tiempo, efectivamente, había cambiado y el sol alumbraba la tierra con una luminosidad que sólo es posible encontrar en la meseta en los días claros de invierno. El aire era de una transparencia casi irreal y desde el otero de la ermita se divisaba todo el término de Muñó. Animado, monté de nuevo sobre la moto y me encaminé a las cuestas de Santa Cecilia por el camino de Villaverde. Recuerdo bien que iba pensando en la soledad de los campos. Seguramente soy el único ser humano en varios kilómetros a la redonda, estoy solo, absolutamente solo, cavilaba. Al alcanzar el camino de tierra que se bifurca al Cristo y hacia Zael, enfilé en esta dirección, sin que hubiera ninguna razón especial para hacerlo. Quizá iba abstraído por la melancolía de la soledad - la agria melancolía - que puebla tus sombrías soledades- que escribiría Machado, o por la emoción del aire libre, tras el obligado encierro. El caso es que no me percaté del arroyo hasta que sentí el crujido bajo las ruedas y, para cuando quise darme cuenta de lo que pasaba, estaba cubierto de agua hasta la cintura y tratando de sujetar la moto para que no se me viniera encima. La superficie del regato estaba helada, de manera que apenas podía moverme. Busqué alguna rama de la orilla a la que asirme para salir de aquella trampa de hielo. Fue cuando le vi.
 

Yo también puedo jurar que me miraba. Lo juro por lo más sagrado. Me miraba fijamente, atento a mis movimientos. Ya sé que no es conveniente repetir estas cosas, que pueden creer que no estoy en mi sano juicio, que no es propio sostenerlo tantos años después, el hombre solvente que se supone que soy, un profesional reputado. Pero lo recuerdo como si acabara de suceder, me miraba y así siguió, atentamente, hasta que conseguí alcanzar la ribera y desde allí arrastrar la moto. Lo sé, sé que no debería decirlo. Pero es la verdad. La suya era una mirada humana. Miraba como deberíamos mirar siempre los hombres y las mujeres, de frente, a los ojos.      
 

El abuelo Paco murió en 1964, poco después de que se concediera a Burgos el Polígono Industrial. Al anochecer de un día de finales de verano. Yo fumaba junto a él, fumador empedernido desde su juventud, mi primer cigarrillo de hombre, ante los hombres de la familia, quiero decir. Había aprendido de él a liar picadura y hacía mucho tiempo que fumaba más o menos a escondidas, es decir, delante de cualquiera, incluida mi madre y mi abuela, pero nunca delante de mi padre o de mi abuelo. No había cumplido los quince años y a esa edad fumar ante los mayores se consideraba una falta de respeto. Mi tío Abilio no fumó delante de su padre hasta el día de su boda, según contaba mi abuela. Pero ese verano había sido especialmente duro, a pesar de mi poca edad yo había trabajado como un obrero más, ayudando a mi padre en las tierras, en la era y luego en el granero. Me levantaba a las cuatro de la mañana para ir al campo y volvía ya de noche, con los arrestos escasos para subir a mi habitación y dormir unas horas, para volver a empezar antes de amanecer el día siguiente. Mi abuela me había hecho unas muñequeras de tela fuerte, temiendo que se me rompieran los huesos. Llegué a arrastrar y a cargar pacas de casi dos veces mi peso. 
 

Uno de esos días, al volver de la tierra de Valdolé, mientras mi madre preparaba la cena, me senté en el bordillo de la puerta de la casa y, creyéndome solo, encendí un pitillo. No le había dado dos caladas cuando apareció mi padre y, tras él, mi abuelo. Yo tiré la colilla rápidamente al suelo pero mi padre había visto el brillo, como de luciérnaga, y dio un respingo. Mi abuelo le echó el brazo sobre el hombro. Déjale, si es hombre para cargar la parva, también es hombre para fumar. Mi padre no abrió la boca, pasó junto a mí y se metió en casa. El abuelo se sentó a mi lado. Toma mi chisquero y guárdalo, que yo poco lo necesito ya, pero que no se entere tu abuela, me dijo. Así que, con su chisquero, encendí dos cigarros, uno para él y otro para mí. Entonces apareció mi primo José Mari, que llegaba de Villafuertes. Han concedido el polo a Burgos y Aranda se ha quedado con un palmo de narices, dijo. Eso es cosa del obispo y de la mujer de Franco, respondió el abuelo con amargura, y la han hecho buena. A éste y a otros como éste, señaló a mi primo, les entrará el rumio de irse a trabajar a la ciudad y eso acabará con los pueblos. Yo no lo veré, pero será la ruina.
 

No supe qué decir. La capital era entonces para mí el lugar donde estudiaba durante el curso y me daba igual si el polo de desarrollo industrial lo situaban en Burgos que en Aranda. Como si no lo ponían en ningún sitio. Lo que de verdad me importaba entonces era que se terminara pronto el suplicio de la cosecha: la siega, el arrastrar, la trilla, la carga en el sinfín… Me parecía lógico que mi primo estuviera deseando irse a Burgos, a Bilbao o a donde fuera. Yo también quería irme. O por lo menos, no tener que estar todo el verano esclavo de mi padre. Levantándome de madrugada y acarreando todo el día, de sol a sol, decían, y cuando no había sol, lo mismo. Esto no es vida, ni para mi primo ni para nadie, y yo, si puedo, también me iré, diga lo que diga mi abuelo. No pensaba decirlo todavía porque yo era joven pero no insensato y ni borracho se me ocurriría llevar la contraria a mi abuelo.
 

Di la última calada al cigarrillo y le miré. Estaba recostado en la pared, sujetando la cachaba con las dos manos, los ojos cerrados, el cigarro en la comisura de la boca, como solía, y la expresión tranquila. En un primer momento pensé que también él estaría cavilando sobre el polo de Burgos, pero, de pronto, sentí como un escalofrío, una corriente como cuando se abre una puerta, y me sobresalté. Vamos para adentro, no se quede frío, abuelo, dije, temeroso. Cuando le toqué ya sabía que no me oiría nunca más. Se murió a mi lado, mientras yo me fumaba el primer cigarrillo de hombre.
 

Al abuelo le siguió pronto la abuela y, unos años después mi madre. La mecanización llegó también al secano, pero mi primo se fue a Bilbao, y yo también me fui. Vuelvo a veces, es verdad, pero rara vez me siento por la noche en el poyo, como entonces, a buscar las estrellas en el firmamento: allá la Casiopea, encima la Osa Mayor y allí la Menor. No lo hago porque no quiero admitir que ha desaparecido el mundo de mi niñez, el mundo que construyó mi abuelo y el abuelo de mi abuelo.
 

Tampoco los inviernos son como los de entonces, es verdad, ni las faenas del campo tienen nada que ver con las de entonces, afortunadamente. La poca gente que queda en el pueblo tiene las mismas comodidades que las de la ciudad. Los labradores lo son, la mayoría, porque han escogido ese trabajo, que es tan bueno como otro cualquiera, mejor que muchos otros. No es eso lo que me preocupa, al contrario. Creo que ese es el primer signo del progreso verdadero: poder elegir dónde quiere uno vivir y cómo.
 

Lo que me inquieta es el temor de que la ausencia del animal sea esta vez definitiva, la sospecha de que quizá nuestros ojos ya no sean capaces de mirar de frente a los ojos del lobo.
En diciembre pasado se cumplieron treinta y cinco años de su aparición en el camino de Zael. Ya se ha perdido una generación. Me pregunto si es que no ha bajado al pueblo o si nuestros hijos no han acertado a verlo. Me lo pregunto porque, como si escondiéramos una vergüenza, hace también muchos años que no hablamos de ello. Ni en las Excavas, donde seguimos reuniéndonos de vez en cuando a compartir recuerdos, chorizo y vino, ni en ningún otro sitio. Cuando murió el tío Néstor lo mencionó Miguel. Tuvo suerte, le tocó vivir un tiempo en que el lobo aún bajaba al pueblo, dijo, mientras le velábamos. También Miguel ha muerto ya. Sus hijos nacieron en Bilbao y vienen poco por el pueblo.
 

Como la mayoría de nuestros hijos. Algunos días en verano, el tiempo justo para dejar a los chicos pequeños e irse de vacaciones lo más lejos posible. En invierno apenas queda un alma en el pueblo.
 

Por eso traigo a mi nieta. Para que pise la tierra, para que aprenda a orientarse con las estrellas, a conocer las hierbas, a nombrar las flores, a distinguir las huellas en el camino. Para que aprenda a mirar a los ojos, de frente. La traigo en verano y volveremos en invierno. Por si aún estuviéramos a tiempo.

martes, 30 de octubre de 2012

Sólo la tierra en que se muere es nuestra


La primera vez que oí hablar de las fosas comunes y de las sacas de la guerra civil española fue a Arsenio el Mejicano. Arsenio sabía contar historias. Cuando cumplí trece años me dijo: no puedo regalarte una muñeca porque ya no eres una niña, ni un perfume porque aún no eres una señorita. Te regalo una historia que es mía y tuya y que será de tus hijos y de tus nietos.

Arsenio el Mejicano, en verdad, había nacido en mi pueblo, era hijo de un abogado terrateniente y había estudiado en la Institución Libre de Enseñanza. Las tierras familiares producían vino, remolacha, cereales y maíz, una rareza para la época. No era la única singularidad familiar, también cultivaba un concepto de la justicia y la equidad infrecuentes en un ámbito tan imbuido del caciquismo como Aranda.

De joven, Arsenio se afilió a Izquierda Republicana. Se hizo famoso por su oposición al Partido Agrario, que era el más influyente en la comarca, fundado por José Martínez de Velasco, senador con la Monarquía y ministro de Estado en la República.

Los agrarios le tenían inquina por su verbo convincente y brillante y porque le consideraban uno de los suyos, desviado, pero de los suyos y, por lo mismo, doblemente traidor. Don José se burlaba de Arsenio en los mítines, refiriéndose a él como “ese joven obrero señorito que viene a enseñarnos cómo hay que gestionar nuestras tierras”.

Arsenio respondía atacando a los caciques que “dicen defender a los labradores cuando en realidad defienden sus propios privilegios, y a la familia cuando lo que sostienen es la esclavitud legalizada y el sometimiento de las mujeres”. Y cuentan que lo hacía con palabras que cualquiera podía entender, hombre o mujer, letrado o ignorante.

La historia que me contó Arsenio empezaba el 18 de julio de 1936, cuando una parte del ejército español se sublevó contra la República. El alzamiento militar le pilló en Madrid y eso le libró. Porque en el pueblo se organizó una represalia feroz instigada o consentida por el capitán de la guardia civil, Enrique García Lasierra. Un traidor, este capitán, que empujó al pueblo a favor del levantamiento militar.

Como en una partida de ajedrez estratégicamente planificada, García Lasierra, escoltado por la Guardia Civil, emprendió una cascada de detenciones dirigidas a cortar de raíz cualquier intento de oposición en el pueblo. A primera hora de la mañana del día 19, acudió al Ayuntamiento, se hizo cargo del poder municipal y detuvo a los corporativos cesados, algunos en la misma casa consistorial, el resto en sus domicilios, donde descansaban, confiados en la palabra del capitán.

“Sabemos que la noche del 18 de julio estuvo a punto de desarrollarse una seria catástrofe en Aranda por las hordas marxistas. De ellas nos libró con su sagacidad, valentía y prudencia, el capitán de la Guardia Civil, Sr. Lasierra. A él debe Aranda el que esa noche no se desbordara en hechos vandálicos la fiera revolucionaria cual era su propósito y así amaneció el día 19 trayendo de Burgos, donde fuera aquella noche el señor Lasierra el bando de instrucciones para hacerse cargo de la población” aclaraba el periódico local, editado por la congregación claretiana.

Al caer la noche, todos los afiliados a la UGT de Renfe que permanecían en el pueblo, confiados en los consejos del alcalde y concejales, habían sido detenidos. Cientos de afiliados y simpatizantes de partidos de izquierda fueron arrestados o pasaron a la situación de búsqueda y captura.  

En la tarde del lunes 20, Arsenio aún pudo hablar por teléfono con su padre.
- No se te ocurra aparecer por aquí, le dijo, y procura ponerte a resguardo porque esto va a convertirse en una borrachera de sangre. 
No le dijo, sin embargo, que ese mismo día la Guardia Civil se había llevado a su hermano.

Hasta que todo terminó Arsenio no volvió a hablar con su padre, apenas pudieron cruzarse algunas cartas. A mediados de agosto, recibió una nota en la que le decía que ése era el momento de defender las ideas de justicia e igualdad en una España republicana. No mencionó que su hermano seguía detenido como decenas de personas de la comarca pero le sugirió que contactara con José Martínez de Velasco y le indicara la conveniencia de que se trasladara al pueblo, donde ocurrían algunos desmanes que, estaba seguro, él desautorizaría.
Que en el pueblo alguien se desmandara estaba dentro de lo razonable. De hecho, era lo cotidiano incluso sin levantamiento militar. En los últimos meses, rara había sido la semana que los falangistas no montaban alguna algarada, respondida con idéntica contundencia por cualquiera de los grupos de izquierda. Cuando la cultura sea un patrimonio común y no un privilegio de las clases dominantes los españoles podremos desprendernos de la violencia y entendernos mediante el diálogo y el  razonamiento, discurría Arsenio todavía por aquellos días.

En cuanto al recado de su padre, el apremio de la defensa de Madrid le había absorbido de tal manera que había olvidado a sus antiguos adversarios del pueblo. Las primeras gestiones no pudieron ser más desalentadoras. Al conocerse el levantamiento militar algunos políticos conservadores habían sido detenidos y recluidos en la cárcel Modelo, a las afueras de Madrid. Allí estaban, entre otros, José Martínez de Velasco, diputado a Cortes, subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia, con la Monarquía, ministro de Estado y vicepresidente de las Cortes con la República, breve alcalde de Madrid en 1934. Le acompañaban también Melquíades Álvarez, el jurista asturiano, diputado y ex presidente del Parlamento, fundador del Partido Republicano Liberal Demócrata Reformista, en el que militaba Manuel Azaña; Fernando Primo de Rivera, hijo del dictador Miguel Primo de Rivera y hermano de José Antonio, el fundador de la Falange; y el piloto Julio Ruiz de Alda, muy popular por haber protagonizado con Ramón Franco y Rada la hazaña del Plus Ultra, el primer vuelo trasatlántico entre España y Buenos Aires. Ninguno de ellos había sido procesado, estaban detenidos bajo la sospecha de simpatizar con los sublevados.

En aquel Madrid amenazado por las tropas insurrectas, al gobierno le resultaba muy difícil mantener el control de las distintas fuerzas políticas, dispuestas a defender el orden constitucional, pero cada cual con una  estrategia diferente, contaba Arsenio. La cárcel Modelo estaba en manos de los anarquistas. El 20 de agosto, negoció con el jefe cenetista una visita a Martínez de Velasco.

- Es de mi pueblo, le explicó.
- Pues vaya gentuza que hay en tu pueblo, respondió el miliciano de la CNT.
- ¿En el tuyo no?, contestó él.

La prisión aparecía atestada. En el enorme edificio de Moncloa los presos vivían hacinados, en condiciones penosas. Todos eran de ideología conservadora y muchos simpatizaban con los sublevados pero no todos estaban dispuestos a levantarse en armas contra el gobierno, los había que habían servido lealmente a la República, convencidos de que ésta podría sustituir con ventaja a la derrocada Monarquía.

Más aún que en el resto de España, en Madrid se habían vivido con angustia los días previos al levantamiento militar. El 12 de julio, unos pistoleros fascistas habían asesinado al teniente Castillo, un joven socialista recién casado; el día 13, un grupo de la policía había secuestrado y asesinado al líder del partido monárquico, José Calvo Sotelo; el 14, mientras los cadáveres de Castillo y Calvo Sotelo recibían sepultura, falangistas y guardias de asalto habían cruzado disparos que causaron cuatro muertos. Así no podemos seguir, pensaban muchos. La República no puede sostenerse si cualquier grupo faccioso puede asesinar impunemente a la policía, la policía se dedica a secuestrar y ejecutar a los diputados y cualquiera puede enfrentarse a tiros en las calles. Esta es la señal del alzamiento, se dijeron los militares rebeldes, que llevaban meses preparando el golpe contra el gobierno de izquierda elegido en febrero de 1936.

Luego, todo había ido a peor. El gobierno presidido por Casares Quiroga había pecado de ingenuidad, primero, y de falta de autoridad, después. Como consecuencia, la capital se había convertido en un reino de taifas donde cabecillas socialistas, comunistas y anarquistas se disputaban el derecho a perseguir y detener a cualquier persona sospechosa de no ser lo suficientemente entusiasta con el gobierno legal. Así las cosas, mejor en la cárcel que en la calle, pensó Arsenio al acordarse de Martínez de Velasco.

Se dirigió a la galería de políticos intentando que su visita fuera lo más discreta posible. Le chocaba ver a aquellos hombres, a muchos de los cuales había conocido vestidos de gala, despojados de sus señas de identidad de clase. La mayoría no se había aseado ni cambiado de ropa en las últimas semanas. Don José estaba visiblemente abatido y muy inquieto por el futuro de su mujer, que se había refugiado en la Embajada de Bélgica.

- Mi padre me manda para que ejerza su autoridad con los dirigentes de Aranda, al parecer están ocurriendo algunos desmanes que usted podría evitar, le sugirió.

- Yo no puedo interceder ante nadie porque estoy totalmente incomunicado con mi gente, sólo a un insensato como tú se le ocurriría arriesgarse para venir a verme a un lugar como éste, respondió el preso.

Arsenio le aconsejó mantenerse próximo a don Melquíades Álvarez, a quien suponía protegido por Azaña, de quien había sido mentor.

- Desengáñate, hijo, en estas circunstancias no hay nadie a salvo, le dijo.
Nunca, y le conocía desde niño, le había visto tan próximo, tan humano, ni tan rendido.

- Ya ves dónde han conducido nuestros altos ideales, admitió tristemente, a esta guerra civil en la que hemos caído todos, los de un lado y los del otro. 

Arsenio estuvo tentado de decirle que eran los suyos quienes se habían levantado en armas contra el gobierno legal, que él se estaba limitando a defender a la República, de la que el político había sido uno de sus representantes. No son los míos quienes han abierto la contienda, pensó responder, pero sintió un sabor amargo en la boca. Don José representaba a una clase política decadente que, no le cabía duda, estaba llamada a desaparecer para que España prosperara pero pensó que, cualquiera que fuera su error, no merecía encontrarse en aquel trance. Por él mismo y por el puñado de miles de votantes que habían confiado en él. Prometió volver a verle y se despidieron con un abrazo.

Dos días después, se declaró un incendio en la Modelo. En el tumulto, desde los edificios próximos se ametralló a los presos que permanecían en el patio, mientras un puñado de milicianos trataba de asaltar la prisión. Ni el director general de Seguridad, ni el de Prisiones, ni el ministro de la Gobernación acertaron a controlar la situación y evitar la masacre. Una treintena de detenidos murieron alevosamente. Melquíades Álvarez, José Martínez de Velasco, Julio Ruiz de Alda, Fernando Primo de Rivera, entre ellos.

Arsenio supo de la muerte de don José al día siguiente porque en esas fechas su primera preocupación era cortar el paso a las tropas rebeldes que atacaban por Somosierra, en el frente norte, y por Toledo en el frente sur. Castilla, Galicia, Navarra, una parte de Andalucía, de Extremadura y de Aragón ya eran de los sublevados. El Gobierno de la República parecía incapaz de enfrentarse eficazmente a la insurrección. Aquello no era un levantamiento, era una guerra, una guerra entre españoles, como había advertido don José.

Guerra o sedición militar, lo de la cárcel Modelo no tiene justificación, se quejó en el comité político, las fuerzas incontroladas están socavando la autoridad moral de la República. La autoridad moral de la República emana de ella misma y no hay que hay que dar pábulo al derrotismo, le respondieron.

Cuando empezó 1937, Arsenio había perdido la cuenta de los amigos que habían caído en uno y otro bando. Emiliano Barral había muerto en el frente de Usera. Emiliano era un escultor de Sepúlveda. Un socialista persuadido de que el mundo podría ser un lugar acogedor para todos, no sólo para los privilegiados. Era un hombre de bien. Su bonhomía le granjeó la amistad de don Antonio Machado, al que había conocido en los años 20, durante la estancia del poeta en Segovia, y de quien había hecho un busto. Don Antonio, a cambio, le dedicó unos versos: “Y tu cincel me esculpía / en una piedra rosada / que lleva una aurora fría / eternamente encantada”.

Cuando ocurrió el levantamiento militar, Emiliano trabajaba en Madrid, donde también vivía don Antonio, al que Arsenio y el escultor habían visitado varias veces. Emiliano colaboró en la recuperación de bienes artísticos de la capital, con Rafael Alberti y su mujer María Teresa León. Podía haberse librado de ir al frente como se habían librado otros intelectuales y artistas pero él creía que si la República sucumbía y triunfaban los sublevados, se hundirían los cimientos del mundo que estaban tratando de construir. Y entonces daría igual el arte y la literatura.
- Si los facciosos entran en Madrid y se hacen con el gobierno España dará un salto atrás, volverá al oscurantismo y a la fe ciega de las sacristías, caerá de nuevo en manos de los caciques, de la oligarquía, de los militares africanistas y se acabará la esperanza, había dicho la última vez que se vieron.

En el entierro de Emiliano Arsenio saludó a don Antonio, que parecía muy acongojado. Estaba seguro de que él también se había percatado de que estaban siendo diezmados, de que estaba cayendo una generación de españoles dispuestos a luchar por lo que, desde uno y otro lado, pensaban que era una sociedad mejor. En aquel tablero de ajedrez en que se había convertido España poderes ajenos a los ideales de unos y otros estaban jugando sus bazas ¿Quién está empujando esta masacre?, se preguntaba aún.

La guerra fue un suicidio colectivo, las izquierdas, los constitucionalistas, los nacionalistas y los revolucionarios no supieron parar la sublevación en el primer momento, y luego, no fueron capaces de controlar sus propias fuerzas: se dispersaron las energías y acabaron luchando contra los molinos de viento que eran ellos mismos. La derecha cavernaria, los burgueses, los aristócratas, los terratenientes, los obispos, no entendieron que el siglo XIX había terminado tres décadas atrás y se empeñaron en defender unos privilegios y una manera de entender los pactos sociales que sólo podían prosperar eliminando a la mitad de la población.

Eso era lo único que podía explicar que se hubiera encomendado el mando y el poder a alguien tan negado para la guerra moderna y para la política como Francisco Franco. El autoproclamado Generalísimo era el más cualificado representante de la facción africanista del ejército, experto en dejar tras de sí muertos y tierra quemada, estrategia que había aplicado en Marruecos y en Asturias en 1934 y que volvía a aplicar en los territorios rendidos. Muertos y terror. Las potencias extranjeras cerraron los ojos mientras Alemania e Italia armaban a los sublevados; Francia e Inglaterra negaban a la República el derecho a defenderse declarando una imparcialidad que, como luego se vio, tenía mucho de capitulación ante el fascismo, que tan alto precio iba a costar a los países democráticos. 

Acababa 1937 cuando Arsenio supo que su hermano había sido asesinado. Él y muchos otros tan culpables como él. Culpables de haber creído en la reforma agraria, en una distribución de la riqueza con más justicia, culpables de haber soñado con una república laica, culpables de simpatizar con la izquierda o, como en el caso de su hermano, culpable de encontrarse donde buscaban a otro. Se podía morir por cualquier cosa porque en aquella locura colectiva había muchos dispuestos a matar. Matar por odio, por envidia, por ajuste de cuentas. Matar por orden divina y con indulgencia plenaria. La iglesia católica, tan poderosa e influyente, bendecía a los sublevados y declaraba la guerra civil cruzada contra el comunismo. Pero los cruzados habían ido a buscarle a él, que no era comunista, y se habían llevado a su hermano, un ingeniero agrónomo que nunca había sentido interés por la política.

Los detenidos en aquellas redadas de primera hora fueron confinados en la cárcel de Burgos, la mayoría sin acusación ni procesamiento. A primeros de agosto empezaron a salir en pequeños grupos, de noche, maniatados. El hermano de Arsenio salió en la saca del 25 de agosto de 1936. Le acompañaba el alcalde y cinco de los concejales de izquierda.
- Lo supimos porque lo contó Eusebio Garcillán, que estaba con ellos en la cárcel. Llegó Elías Gómez, el falangista, y dijo a éste, éste, éste, éste y éste. Y se los llevaron.

El padre de Arsenio se enteró cuando fue a verle.
- Tu hijo ya no está aquí, no vamos a estar toda la vida alimentando al enemigo, le respondieron.

El padre, que había inculcado a sus hijos los beneficios del diálogo, del entendimiento, de la comprensión, debió sentirse perdido en medio de aquella sinrazón. Primero, apeló al derecho a saber dónde estaba su hijo y, luego, reclamó el cadáver si es que estaba muerto.
- Bastante tenemos con lo que tenemos, para andar buscando cadáveres de rojos. Si le hubiera educado mejor, no se habría visto en este trance, le respondió el jefe de la cárcel.

Fue inútil pedir un documento, el certificado de defunción. No había ley que amparara a los rojos. Entonces ya se hablaba de que los paseos y las sacas acababan en fosas comunes y alguien mencionó un lugar en el monte, cerca del pueblo. Pero oficialmente no existían fosas, ni sacas, ni muertos a medianoche, ni ajuste de cuentas. Oficialmente, el Alzamiento Nacional venía a reponer el principio de ley y orden y era sumamente arriesgado cuestionar la verdad oficial. Y la verdad oficial era que el hermano de Arsenio había sido detenido el 19 de julio por su oposición a la legalidad vigente  y trasladado a la prisión de Burgos de donde había salido el 25 de agosto. Lo que hubiera pasado después era cosa suya.
- Teniendo en cuenta los antecedentes familiares, lo más probable es que se haya pasado al bando de los rojos, respondió el capitán García Lasierra cuando el padre fue a solicitar el certificado de defunción.   

Les costó casi tres años, pero finalmente ganaron la guerra y los otros perdieron la paz y la oportunidad de regenerar España. Arsenio, además, perdió la fe en el pasado, en el presente, en el futuro y en la humanidad.

En noviembre de 1938 había sido evacuado a Valencia. A despecho del discurso oficial que seguía hablando de la recuperación de los territorios perdidos, muchos pensaban que aquello se desmoronaba sin remedio. El gobierno de la República era el primero que, ante el avance de las tropas fascistas, se había puesto a salvo en Valencia. Allí supo que a don Antonio Machado le habían enviado a Barcelona en abril de ese año. Pudo llegar en barco a la capital catalana, convertida entonces en refugio de los intelectuales.

Allí habían recalado José Bergamín, León Felipe, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández y Antonio Machado. Don Antonio vivía en la Torre Castañer, un edificio señorial pero medio derruido que había sido residencia de Alfonso XIII. Le acompañaban su madre, doña Ana, su hermano José y su cuñada Matea. En el Hotel Majestic se alojaban Joaquín Machado y su mujer. Al cuarto hermano de los Machado, Manuel, el alzamiento le había sorprendido en Burgos por puro azar, mientras visitaba a una cuñada monja.

El poeta, que siempre había parecido mayor, ahora era un viejo mal afeitado y peor trajeado, con dificultades para andar. Tenía en los ojos una nube de tristeza como si todos los pesares de su vida se hubieran venido a reunir en ese punto y momento. Le recordó como el amigo de Emiliano y le invitó a comer.

Dondequiera que fuera sólo se hablaba de la inminencia de la ofensiva sobre Barcelona. Arsenio se ofreció como conductor y le asignaron una de las ambulancias previstas para la evacuación de los intelectuales.
- Conozco a don Antonio Machado, está enfermo y le acompaña su madre, que es muy mayor, creo que les reconfortaría la compañía de alguien conocido, propuso. Había mucho desconcierto en la preparación pero les pareció razonable la propuesta.

El 22 de enero salieron de Barcelona. Viajaban en la ambulancia el poeta, su madre, su hermano José y su cuñada Matea, el doctor Puche, el filósofo Joaquín Xirau y su mujer. Hicieron una parada en una masía de Raset, ya en la provincia de Gerona, donde se les unió Corpus Barga, periodista y poeta, otros intelectuales y médicos. El 26 de enero cayó Barcelona y recibieron la orden de evacuar a Gerona. Trajeron otra ambulancia y una camioneta para trasladar los equipajes. El día 27, tomaron el camino de la frontera francesa. Don Antonio era un anciano desvalido y afligido. Al llegar a La Escala, aparecieron en el cielo los aviones de Franco. La gente buscó refugio fuera de los coches pero don Antonio y su madre, con dificultades para moverse, permanecieron en la ambulancia. Arsenio se quedó acompañándoles.
- Yo no debía salir de España. Sería mejor que me quedara a morir en una cuneta, distinguió la voz del poeta.

Poco antes de llegar a la frontera, los coches quedaron atascados. Estaba a punto de caer la noche, llovía torrencialmente y hacía mucho frío. Todos trataban de proteger a doña Ana, empapada por la lluvia, y a don Antonio, que tenía que ser sostenido en volandas para poder avanzar. Arsenio volvió a su ambulancia.

Cruzó la frontera la tarde del 28 de enero de 1939. El salvoconducto de conductor le facilitó el paso ante los soldados senegaleses que trataban de cribar el aluvión de refugiados. No quiso mirar atrás. Había soportado tres años de guerra, había perdido a la mayor parte de sus amigos, ignoraba si tenía familia o estaba solo en el mundo, había visto algunos ejemplos de abnegación y de heroísmo pero también se sentía traicionado por algunos compañeros de ideales en quienes había confiado. Palabras como patria o fraternidad, habían perdido todo significado para él.

Los Machado se habían refugiado en el Hotel Bougnol-Quintana de Collioure, dirigido por una mujer simpatizante de la República española, Pauline Quintana.

La evacuación había sido demasiado penosa para la ya delicada salud de don Antonio y para la avanzada edad de su madre. Don Antonio se estaba dejando morir. De hecho, murió el 22 de febrero, que era miércoles de ceniza, a las tres y media de la tarde, en la misma habitación en la que, inconsciente, agonizaba su madre.

El cadáver de uno de los más grandes poetas que ha dado España, fue velado por sus amigos y por algunos de los exiliados españoles que en los días anteriores habían llegado a Francia. Allí estuvo Arsenio, por sí mismo y por su amigo Emiliano Barral.
- Ese triste orgullo me cabe, decía, el de haber acompañado a ambos a la tumba. Le gustaba recordar, para que no se olvidara, que don Antonio Machado murió en el exilio, solo, pobre y triste.

Tres días después moriría doña Ana, pero él ya no estaba allí.
- La Francia, mucha egalité, legalité y fraternité pero en aquella ocasión se portaron con los republicanos españoles como delegados del gobierno franquista, decía.

Miles de españoles cruzaron la frontera francesa entre enero y marzo de 1939. Cuando creían salvarse del acoso de los fascistas y alcanzar la libertad de un país con tradición hospitalaria resultó que les esperaban los campos de concentración. Mujeres, hombres, niños, abandonados a las inclemencias de aquel invierno aciago, recluidos entre alambradas como perros rabiosos en las llamadas zonas de acogida, a la intemperie en las arenas de Saint Cyprien, Argeles-sur-Mer o Barcarès. Sólo en los primeros seis meses, 14.672 españoles murieron de desnutrición, disentería y enfermedades bronquiales.

De aquella miseria colectiva, Arsenio se salvó por don Antonio. El salvoconducto de la ambulancia le libró de una segura detención y le permitió una libertad de movimientos que, a la postre, resultó providencial, si es que la providencia estaba en esos momentos de guardia, que no es muy seguro. Mientras vivió el poeta, su preocupación fue hacer su estancia lo más acogedora posible, que las penalidades materiales no se sumaran a su dolor espiritual; no le quedó tiempo para pensar en otras preocupaciones.

Pero ahora que ya no estaba don Antonio para mitigar mis inquietudes, caía en la cuenta de la precariedad de su situación. No podía volver a su casa, si para entonces le quedaba casa y familia, estaba solo en un país hostil. Por no tener, no tenía ni patria. No quería ser español, se había jurado al cruzar la frontera, reniego para siempre de este país cainita, que encarcela a sus representantes y permite que los maten alevosamente, que asesina y abandona en las cunetas a ciudadanos indefensos y expulsa a la masa encefálica de su sociedad.
- No quiero ser español, se reafirmó, ante la tumba de don Antonio, en Colliure.

Calculó que en sus circunstancias, el riesgo de ser detenido era directamente proporcional a la cercanía de la frontera así que, como su conocimiento del francés era bastante aceptable, puso tierra de por medio y se encaminó al norte, donde sería más fácil pasar desapercibido. Llevaba poco más de un mes en París cuando oyó que le llamaban desde el otro lado de la calle. ¡Arsenio, Arsenio!

Era Nan Green, una enfermera inglesa a la que había conocido en Madrid en 1937. Nan había pasado la guerra en el lado republicano organizando hospitales de campaña, había visto morir a su marido, brigadista como ella, y ahora, perdidas todas las batallas, se dedicaba a organizar el exilio de los derrotados. Era una mujer admirable y animosa. Necesito ayuda para reagrupar a las familias que están dispersas en los distintos campos de concentración para sacarlas de Francia, le dijo.

Él le advirtió que había decidido renunciar a la ciudadanía española y que no tendría documentación hasta que se la proporcionase el grupo de refugiados que estaba rehaciéndole la identidad.
- Ya te buscaremos papeles, prometió ella, y no te hagas elucubraciones patrióticas. Franco te ha tomado la delantera y ha decidido que los españoles no pueden ser rojos y que los rojos no pueden ser españoles.

Así fue como Arsenio se unió al Nacional Joint Comité for Spanish Relief, que recaudaba fondos en Gran Bretaña para trasladar a los refugiados españoles a México, país que había ofrecido asilo a los republicanos. El primer barco que se fletó fue el SS Sinaia, de bandera francesa, que se utilizaba para llevar peregrinos a La Meca.
El SS Sinaia partió del puerto de Sète el 2 de junio de 1939. Durante los veintitrés días que duró la travesía, ayudó a Nan a organizar las comidas de los muchos niños que viajaban a bordo.

Después de las penalidades físicas y de los sufrimientos a causa de la guerra, todos se debatían entre el alivio por lo que habían dejado atrás y el desasosiego ante lo que les aguardaba. Después de la desastrosa experiencia francesa, el recibimiento de México superó sus ilusiones más optimistas. Salieron de Francia un puñado de apátridas desesperados y desembarcaron en México dos mil ciudadanos luchadores por la libertad, aclamados por gente que salía en tropel a darles la bienvenida.

Cuando puso el pie en tierra firme estaba decidido a pedir la ciudadanía mejicana. En el puerto de Veracruz los esperaba el doctor Negrín, jefe de gobierno de la República en el exilio, con la banda del Quinto Regimiento, y una multitud de mejicanos con pancartas a favor de la República española.

En los meses siguientes, miles de españoles fueron expatriados a México, Venezuela, Argentina… La mayoría mantuvieron la nacionalidad española y juraron no pisar España en tanto viviera el dictador que se había sublevado contra la República.

Arsenio obtuvo la ciudadanía mejicana en 1940. Años después, volvió a su pueblo a visitar la tumba de sus padres y ver si era posible enterrar con ellos el cuerpo de su hermano.
- Es una deuda que tengo con mis padres, con mi hermano y con los que murieron como él y que algún día saldaré yo, si alcanzo a vivirlo, o que otros saldarán por mí, declaraba.

Tenía, ya lo he dicho, trece años cuando Arsenio el Mejicano me contó su historia y sembró en mi una sospecha desasosegante: la existencia de fosas comunes ocultas por el silencio colectivo de personas a las que yo conocía: mis abuelos, los abuelos de mis amigos, los que habían vivido las detenciones y habían callado, los que conocían las sacas y habían callado. No pensaba en quienes habían delatado, detenido, autorizado o protagonizado las sacas. Pensaba en quienes les conocían, les saludaban al encontrarse en la plaza, les invitaban en el bar o les reían los chistes. ¿Cómo era posible que los mismos que habían decidido a sangre fría la muerte de sus vecinos vivieran plácidamente con los padres, los hermanos, los hijos, los vecinos, los amigos de sus víctimas? ¿Cuánto miedo es necesario acumular para acarrear ese secreto y seguir levantándose cada mañana y mirar a los asesinos como si no hubiera ocurrido nada?

Ese pensamiento me acompañó durante años, mucho después de haber dejado atrás la infancia. Arsenio el Mejicano volvió más veces al pueblo. En cada viaje visitábamos el monumento en los jardines en memoria de Diego Arias de Miranda.
- Pocos saben y ninguno quiere recordar que el escultor fue Emiliano Barral, el mejor de su generación, repetía.

Siguió con preocupación las peripecias de la transición a la muerte de Franco y con alarma el asalto al Congreso protagonizado por Tejero. En el otoño de 1982 demoró sus vacaciones hasta después de las elecciones, así fue como pudo vivir la llegada al poder del Partido Socialista Obrero Español.
- Hay cosas que nunca nos podrán devolver, se lamentaba a veces.

Y yo sabía que pensaba, sobre todo, en su hermano y en los asesinados que permanecían en las fosas ocultas. En la navidad de 1987 recibí una carta de su hija. “Murió en paz consigo mismo y con los demás”, decía. Incluía un sobre que Arsenio dejó para mí cuando supo que no volvería más al pueblo. Dentro encontré unos versos escritos de puño y letra por don Antonio y dos fotos, en una aparecía Arsenio en la tumba del poeta en Collioure y en la otra estábamos ambos en el monumento de los jardines. Los versos dicen así: “Vendida fue la puerta de los mares, / y las ondas del viento entre las sierras, / y el suelo que se labra, / y la arena del campo en que se juega, / y la roca en que yace el hierro duro; / sólo la tierra en que se muere es nuestra”.

Un día, a punto de acabar el siglo veinte, me contaron que había llegado al pueblo un equipo de “la memoria histórica”. La memoria histórica, qué traidoras pueden ser las palabras. Habían pasado más de sesenta años de las sacas, de los asesinatos, de las confiscaciones de tierras, de las fosas, y nadie de los que podrían guardarlo en su memoria había sentido la necesidad de decir lo siento, nos equivocamos, las cosas fueron así, lo hicimos porque creíamos defendernos, fue un tiempo convulso, un desvarío. Nadie había vuelto a hablar de aquella locura. Los asesinos, harto conocidos, eran ya hombres ancianos, habían prosperado protegidos por el régimen que ayudaron a imponer, habían gozado de una vida confortable y de total impunidad. Seguían disfrutando de esa impunidad que nadie les discutió a la muerte del dictador. Habían pasado sesenta años viendo a los padres, a las mujeres, a los hijos de sus víctimas. Sesenta años, y aún era posible palpar el odio de unos y el miedo de otros.

Trabajé en las excavaciones durante las vacaciones. No fue fácil. Nos acusaron de revanchistas, de querer remover los odios del pasado, de atizar el enfrentamiento. No fue fácil, pero en el verano de 2003 excavamos en el monte, a cuatro kilómetros del pueblo y aparecieron restos de ochenta y un cadáveres. De la Lobera se extrajeron otros cuarenta y seis cuerpos. Ninguno de ellos correspondía a la saca de la que había hablado Arsenio. En el verano de 2006 las excavaciones se dirigieron a las inmediaciones de Lerma. La de Andaya son en realidad cuatro fosas, tres de ellas sin apenas separación, en las que encontramos cincuenta y seis cuerpos. En agosto de 2007 abrimos la cuarta, a unos diez metros de las anteriores, en la que aparecieron veintinueve cuerpos.

Supe que aquélla era la fosa de la que hablaba Arsenio antes de leer el acta: “En el proceso de la exhumación se ha conseguido identificar a tres de los republicanos allí enterrados, todos ellos vecinos del pueblo.  (…)

En esta fosa todos los cuerpos han aparecido con un orificio de bala en el cráneo, realizados con dos pistolas diferentes, en algún caso, los disparos se produjeron una vez introducidos en la fosa. También se puede concluir que varios de ellos fueran torturados antes de ser asesinados por las señales dejadas en los huesos, según acreditaron los antropólogos presentes en la  exhumación. La identificación de los cuerpos, la realizará el departamento de Medicina Forense de la Universidad del País Vasco”.

Pudimos identificar al hermano de Arsenio por un detalle de la dentadura común en su familia: tenía un colmillo más corto que el resto de los dientes. Encontramos su cuerpo el 25 de agosto, el mismo día que se cumplían setenta y un años del asesinato. La vida tiene a veces esas cosas.

Un mes después, la hija de Arsenio asistió al entierro de su tío en el panteón familiar. Le propuse, y ella aceptó, que cincelaran en la losa el verso de don Antonio: Sólo la tierra en que se muere es nuestra.

lunes, 1 de octubre de 2012

Bruno



He vuelto a vivir mil veces esa noche, como si se tratara de una película. Hacia adelante, hacia atrás. Repaso una y otra vez los minutos de aquel encuentro. No he hablado de ello con nadie. Ni siquiera he sabido encontrar una explicación razonablemente sensata. Pero sigo yendo a Aza con la esperanza de hallarlo.
 

En los últimos años el pueblo vive una lenta pero indiscutible recuperación. Se han rehabilitado viejas casonas, se han construido otras nuevas sobre los solares abandonados. Incluso ha abierto un hotel y un restaurante, en el que hay que hacer reserva con antelación si quieres comer un día de fiesta. Me gusta pasear por su muralla natural, recostarme en el lienzo del torreón, asomarme a la balconada de su atalaya rocosa desde la que se divisa la comarca entera. Al contrario de la desolación que encontré en mi primera visita, ahora el caserío está poblado del sonido de la vida, hay niños que corren por la calle, coches aparcados junto a las casas, que se adivinan vividas. Incluso visitantes, la última vez que estuve, coincidí con un grupo de la tercera edad, al que un guía local explicaba la historia de la Comunidad de Villa y Tierra de Aza, la bien murada, la avanzada cristiana, cuna de Santa Juana, madre de Santo Domingo de Guzmán.
 

Algo dentro de mí me dice que volveré a encontrarle. Quizá sólo sea una esperanza loca. O los restos de mi infancia que aún me acompañan.

Las noches de invierno en la meseta, el frío lo invade todo. Cuando el sol cae por el horizonte, llega un viento helado que parece querer borrar la vida. A decir verdad, cuando sucedió yo tenía todavía una idea muy vaga de lo que era el mundo y unas nociones muy escasas de climatología. Creía que la niebla era un fantasma gigante. La encontraba muchas mañanas, al cruzar el puente para ir a la escuela, esa bruma blanquecina y húmeda que nacía del río. La de aquella noche, sin embargo, era una niebla espesa y negra que parecía haberse tragado las casas, mi calle entera. Cuando me asomé a la esquina de La Cadena, me pareció que, incluso, se había tragado aquel río mío, tan querido.
 

Tengo que decir, a riesgo de ser mal interpretado, que el río y yo nos hemos entendido siempre bien. Yo solía bajar a la huerta de mi tío Vitoriano, justo debajo del puente, y desde allí contemplaba el paso de la gente por arriba y del agua por abajo. Así fue como descubrí que la voz de una ciudad es diferente según la hora del día y según el día. También descubrí que el río tiene su acento y no suena igual un domingo que un jueves, en navidad que en verano. Tiempo después, oí decir a mi abuelo que cuando empezó la guerra, el río bajó tres días en silencio. Debía de ser verdad porque cuando murió la abuela el agua pasaba mansamente delante de la casa, como si el río también llorara.
 

Cierto es que entonces no era el caudal ennegrecido y maloliente que ahora es, ni Aranda era aún la ciudad con aspiraciones que hoy pretende ser. Por lo que a mí se refiere, era lo suficientemente pequeño e ignorante para tener miedo de aquella niebla tan inocentemente amenazadora. Al salir a la acera sentí que el corazón me latía más deprisa. Estuve a punto de volverme a casa, pero entre el miedo a la niebla y el temor a que se rieran de mí, este último me empujó a la calle y eché a correr. Fue al doblar la esquina de la droguería Requejo cuando le vi. Estaba sentado, tranquilamente. Como si no hiciera aquel frío, ni le asustara la anoche. Más aún, como si no hiciera niebla. Estaba solo como yo, pero él sin miedo.
 

Cuando rememoro aquel momento me veo a mí mismo como un pájaro pequeño, mojado, volando de ala. Él me miraba y sonreía. Sé que estuve rebuscando en mi mente alguna explicación a la presencia de aquel hombre de edad incierta. Es mayor que mi padre y más joven que mi abuelo, me dije. Enseguida me percaté que su aspecto tenía algo entonces inusual: llevaba barba. Y es que -ya está visto que yo no era un chico de mundo- hasta ese instante sólo había conocido a otros dos hombres barbados. Uno era Elpidio, el pastor; el otro Saturio, el asesino. El recuerdo de ninguno de los dos me servía de mucho en aquel trance. A Elpidio le habían dado tierra un mes después de llevarle al asilo de Burgos. Decían que se había dejado morir. En cuanto a Saturio, iba para dos años que le encerraron en el penal del Dueso. Debió ser al pensar en Saturio o en el entierro de Elpidio, o quizá fuera el frío, pero me puse a tiritar. Mientras luchaba contra el temblequeo, aún pude hacerle un rápido examen. Vestía pantalón y una chaqueta muy usados, no llevaba gorra y del hombro le colgaba una especie de zurrón de cuero, distinto al que llevaban los pastores, más cuidado, diferente.
 

Como en un destello fugaz, me acordé de otro tipo con barba, lo que me hizo barruntar que el miedo estaba a punto de trastornarme por completo. Se trataba de uno de los santos de la iglesia de San Juan y, a pesar de su condición inanimada, me unía a él cierta familiaridad. 
Eran aquéllas unas imágenes grandes, inmensas para mi altura de niño. Una estaba frente al púlpito, camino del pasillo que lleva a la capilla de las Calderonas. Representaba a Santa Ana y todo el mundo decía que por su expresividad y lo depurado de su traza era lo mejor que había en la parroquia, pero a mí me parecía demasiado adusta para ser una santa. La otra, en cambio, parecía estar colocada como a trasmano, a propósito para no ser vista. Nunca había encontrado a nadie que rezara a su lado y, sea por eso, o porque tenía una expresión como de tristeza, a mí se me figuraba que era un santo con mala suerte, de manera que alguna vez que entré a la iglesia buscando escondite en los tres aviones, me quedé junto a él. Más que nada por hacerle un rato de compañía. Me parecía que mi presencia podía consolarle del desdén ajeno. En una de aquellas visitas escondite me sorprendió Carlos el chico del holajatero y luego fue diciendo a los demás que me había pillado rezando.
- El Paco, que se ha metido a rezar, no te fastidia la beata esta.
- Beata serás tú, no te giba, me defendí ante los demás chicos.
- Bueno, pues que no se vale esconderse en la iglesia, ya lo sabes.
- Que además, como te pille el cura te la cargas, majo.

Creo que estaba a punto de llorar, por estar allí, por no ser mayor, por tener tanto miedo que ni andar podía y, sobre todo, por aquella niebla. Había visto una película en la que la niebla se engullía un barco y empecé a pensar que a lo mejor ésta nos tragaba a nosotros. O nos llevaba a otro país. Su voz, sin embargo, resonó con más fuerza que la niebla.
- ¿Cómo te llamas?
- Francisco, pero todos me llaman Paquito.
 

No había terminado de decirlo y ya estaba furioso conmigo mismo. Si era de por aquí pensaría que era un engreído por haber dicho Francisco. Si era de lejos, no comprendería por qué me habían puesto Francisco para llamarme Paquito. No tengo miedo, sólo que soy pequeño, me dije para darme ánimo. Quise correr a mi casa pero el caso es que me quedé allí, quieto como un pasmarote.
- Bueno, Francisco, ¿quieres sentarte conmigo?
 

En lo que yo recuerdo, era la primera vez que alguien me llamaba Francisco. Y aún ahora, siendo así como me conocen, nunca nadie ha pronunciado mi nombre de aquella manera. En ese momento, lo sé bien, pensé de nuevo en el santo de San Juan. Me había llamado Francisco. A lo mejor es el santo, mira tú, me dije. Lo recuerdo con nitidez que me dije, a lo mejor es él que se ha quitado el disfraz de santo y me reconoce. Pero enseguida, lo que ya apuntaba en mí de sensatez me advirtió, no puede ser, Paco, que el santo de San Juan es más grande y, aparte, está claro que es de madera. Además que si fuera él no me habría llamado Francisco porque de sobre sabría que soy el Paco. De pronto, empecé a sentir una curiosidad más grande y más fuerte que el frío y que la niebla.
- ¿Cómo te llamas?, acerté por fin a preguntar.
- Bruno.
 

Yo no conocía a nadie de mi pueblo que se llamara Bruno, así que si no era el santo de San Juan, podía ser un extranjero como los húngaros que pasaban por Aranda en sus carros.
- ¿De dónde eres?
- De Aza, me dijo. Soy de Aza.
 

Noté que se alegraba cuando le conté que conocía su pueblo, que desde lo alto del torreón se ve toda la Ribera y que, aunque casi todas las casas estaban vacías y sólo quedaban unos pocos viejos tomando el sol en los muros del castillo, a mí me gustó.
- Estuve con mi abuelo el verano pasado. Se ve hasta la torre de Hoyales. Y un poco de Torregalindo. Mi abuelo dice que fue el mejor pueblo de la Ribera y todavía tiene buenas tierras pero que la gente se va por la maldición.  
- No es una maldición, es una deuda.
 

Entonces me contó una extraña historia sobre un artista de Aza que hirió a un cura porque hizo mofa y befa de una imagen que él había esculpido para el arciprestazgo de Aranda. Él dijo mofa y befa y yo entendí que debía ser alguna barbaridad.
- Perdí la cabeza cuando vi la mella de los golpes que el cura había descargado en la imagen, me explicó.
 

La Justicia entregó a Bruno a la Iglesia porque el delito había sido cometido en su jurisdicción. El clero de Aranda acudió al cardenal Cisneros, que estaba en Roa esperando al rey Carlos, y reclamó un castigo ejemplar. Los curas de Roa, por una vez, estuvieron de acuerdo con los de Aranda: la afrenta al lugar sagrado es una deuda que debería expiar también Aza.
 

El cardenal dictó sentencia: la talla de la que tan orgulloso estaba el artista sería colocada en Aranda, en sitio tan preferente que todo el pueblo pudiera admirarla. Y a su lado, depositario del tesoro y rehén de la expiación, permanecería el artista. No volvería a Aza en tanto la imagen se mantuviera en el mismo lugar, y era tan  hermosa que difícilmente los de Aranda consentirían en su traslado. En cuanto al pueblo, entregaría un habitante por año, alternativamente, al censo de Roa y al de Aranda, en tanto durara la ausencia del artista.
 

Mientras él desgranaba aquel relato, yo intentaba adivinar de qué otro pueblo podía hablarle para mantener su interés, pero ya he dicho que yo no era un chico de mundo. Así que cuando terminó permanecimos ambos silenciosos hasta que el reloj del ayuntamiento, guardián del puente, compañero de charlas del río, organizador amable de mis días, suspiró sus campanadas. Me levanté de un salto.
- Tengo que irme.
 

Bruno me miraba. Quise pedirle que fuera mi amigo. Podía hacerle compañía. Aunque fuera pequeño…
- ¿Podría verte mañana? Los jueves no tengo escuela por la tarde… ¿quieres?
 

Bruno seguía mirándome. Luego, me extendió su mano grande, blanca, limpia. Entonces me di cuenta de que no había niebla. Enfrascados como habíamos estado, se nos olvidó la noche y el frío y se nos escapó la niebla.
- ¿Quieres ver mi río?
 

Estaba allí abajo, tan próximo como siempre. Juntos nos empinamos sobre la barandilla del puente. Me producía una alegría recién estrenada mirar al río con Bruno. Le hablaba yo de aquella vereda de hierba corta, de árboles viejos, testigos del lento pasar del agua, cuando una mano fuerte cayó sobre mi hombro. Era mi padre. Me señaló el reloj que escuchaba detrás de mí.
- Hace dos horas que saliste de casa, ¿se puede saber que haces aquí?
- Estaba contándole a Bruno cómo es el río.
 

Me volví para que Bruno corroborara mi respuesta, y un escalofrío me cruzó el alma. No estaba. La cabeza gacha, callados mi padre y yo, volví a casa. Mi padre me apalabró un castigo para la próxima vez que mintiera. Mi madre dijo que era cosa de la edad, que la imaginación se desboca. Yo no volví a hablar de mi amigo para evitar discusiones.
 

Al día siguiente, le busqué por todos los rincones de Aranda, hasta que, de  pronto, una idea se abrió paso en mi cabeza y corrí a San Juan. La iglesia estaba oscura y mis ojos permanecían ciegos por la claridad de fuera. Me acercaba lentamente al lugar donde tantas veces había visto aquellas figuras, con sus túnicas largas, cuando el corazón empezó a golpearme con fuerza. Alguien se las había llevado. Quedaban allí, testigos de la marcha, las dos peanas. Empujado por el susto, salí corriendo a la calle. En la puerta, un grupo de mujeres voceaba su protesta.
 

- Se han llevado lo mejor. Este cura vacía la iglesia.
- Ya ni a misa nos van a dejar ir tranquilos. ¡Qué tiempos, Señor!
- Era un camión entero, la mitad de San Juan.
- Y más que se llevarán como no les paremos los pies. Están robando al pueblo.
    Aún con el sobresalto, pregunté a Manolín el de la panadera, qué había pasado.
- Que un camión se ha llevado muchos santos y vírgenes. Dicen que el cura los ha vendido a un señor de Madrid. ¡Se va a armar una! ¿Vienes a verlo?
- ¿Has visto tú el camión?
- Sí.
- Dime la verdad, ¿se llevaban los dos santos grandes?
- Uno sólo, el que estaba en el altar. Me he fijado porque tenía un golpe gordo debajo.
- ¿Estas seguro?
- Seguro, he visto todo lo que sacaban desde el balcón de mi casa.
- ¿Me lo juras?
- Jobar, qué pesado eres. Claro que te lo juro. Cruzó los dedos en aspa y besó sobre ellos. Por éstas.
 

De vuelta a mi casa, apoyado en la barandilla del puente, se lo conté al río.
Ha pasado una vida desde entonces. Y aún sigo yendo a Aza con la esperanza de encontrarlo.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Gadea y el pez Bermi


Bermi era un pez bebé que nació en el arroyo de un pueblo chiquito que se llama Revenga.
El arroyo de la Olma es un río pequeño pero a sus habitantes les parecía un mar muy grande porque nunca habían visto el mar. 

 En realidad, los inquilinos del arroyo no conocían otro lugar que las aguas donde habían nacido y donde discurría toda su vida. 
Allí habían vivido siempre los papás de Bermi, de la familia de las bermejas, y las familias de los barbos, las carpas y las truchas.  
Con ellos vivían también la señora Rana y sus hijos pequeños, Sapi y Renacuajo.
Bermi y sus amigos: Carpo, Truch y Colorín, formaban la pandilla del arroyo.
Colorín había llegado al río un día que el jardinero olvidó cerrar la compuerta del aljibe de la plaza y ya no quiso volver, porque en el aljibe no tenía amigos y en el arroyo sí.
 
Como tampoco tenía familia, porque le habían comprado en un acuario, Colorín se quedó a vivir con sus parientes lejanos, una familia de truchas que no tenía hijos, los tíos de Truch.
Por la mañana, las crías del arroyo de la Olma iban al colegio del señor Barbo, donde aprendían, entre otras muchas cosas, a nadar contra corriente y a distinguir las distintas especies de personas que visitaban la ribera. 

- Hay personas respetuosas con el río y con la tierra, las conoceréis porque andan con cuidado para no estropear ni manchar las orillas, no arrojan papeles ni suciedad al agua y no gritan para no molestar a las aves, les enseñaba el profesor. Son los Guachi.
- También hay visitantes mal educados que ensucian las riberas y utilizan las aguas como si fueran el cubo de basura, sin tener en cuenta que el río es nuestra casa. Se les conoce como los Bribones.
En la clase de emergencias y primeros auxilios, el profesor les advertía sobre los pescadores furtivos que se llevan los peces a escondidas y les enseñaba a comportarse en caso de inundaciones o tsunamis de río.


El señor Barbo era el más viejo del arroyo. De joven sobrevivió a una riada que se llevó el limo, las ramas del lecho del agua y a la mayoría de peces. El profesor era serio pero no aburrido. Les contaba historias unas veces divertidas y otras no, pero siempre interesantes, del río y del pueblo.
Cuando no tenían clase, la pandilla del arroyo jugaba en el agua hasta que se hacía de noche y sus papás les llamaban para dormir. 

 En verano se acercaban al riachuelo los niños de Revenga. Como en cualquier otro lugar, había niños Bribones, que se divertían persiguiendo y enfadando a los peces, y niños Guachi, que saludaban a los animales y jugaban con el agua. Así conoció Bermi a Gadea, que iba todos los días al arroyo con su abuelo. Gadea también se hizo amiga de Bermi, le llevaba migas de pan y trozos de pastel. 
Gadea vivía en Madrid, tenía un gato que se llamaba Machín y era amiga de los animales. Gadea era una niña Guachi.
El arroyo de Revenga era un sitio agradable para vivir. No obstante, a veces Bermi soñaba con viajar, vivir aventuras, irse con Gadea a conocer mundo.

Un día llegó al río una viajera desconocida, parecía una serpiente, pero no lo era, parecía un pez pero tampoco era un pez. Tenía ojos y boca de pez y cuerpo negro y largo de serpiente. Parecía muy cansada y tenía algunas heridas en la cola, se diría que había hecho un largo y difícil viaje.
- Hola, amigos, dijo por fin, la visitante misteriosa. Me llamo Angu. Soy una anguila, y he llegado hasta aquí siguiendo el plano de mi abuela, que vivió en este río hace muchos años.
El señor Carpón pidió inmediatamente la palabra para decir que, sin duda, la anguila estaba mintiendo porque en el arroyo jamás habían vivido seres tan feos y negros como ella. Además, añadió, no podía quedarse porque en aquellas aguas no había sitio para tantos.
- Ya somos bastantes con las crías de la señora Rana, que en cuanto se hacen mayores no paran de entrar y salir del arroyo a la ribera y de la ribera al arroyo. No queremos aguantar las molestias de más forasteros. Me opongo a que se quede, exclamó.   
Cuando el señor Barbo tomó la palabra, todos se percataron de que estaba muy emocionado.
- La anguila Angu dice la verdad, su abuela vivió en el río durante mucho tiempo y fue amiga mía. Su ayuda nos salvó la vida a algunos peces cuando la gran riada. Era una anguila valiente. 

 Bienvenida a casa, dijo a Angu.
    El señor Carpón y algunos peces que le acompañaban refunfuñaron al oir al profesor dar la bienvenida a la anguila. Los demás habitantes del arroyo estuvieron de acuerdo en acoger a la viajera.
- Teníamos que contratar a alguien para la limpieza del fondo, Angu es grande y fuerte, puede hacerse cargo de esa tarea, propuso el señor Barbo.
    La joven anguila aceptó encargarse de la limpieza y vivir en una cueva más pequeña, a cambio de ser admitida por los habitantes del arroyo.    
 
Bermi y sus amigos se acercaron con curiosidad a Angu. Ella les sonrió.
- De cerca no es tan fea, dijo Colorín en voz baja, y toda la pandilla estuvo de acuerdo.
    La anguila es hacendosa y amable, decían la mayoría de vecinos del río.
- Pero es fea, negra y extranjera, protestaban los amigos del señor Carpón.
    En el tiempo que le dejaban libre sus obligaciones, Angu se unía a la pandilla de Bermi y compartía sus juegos. Con ella aprendieron a conocer mejor el arroyo y se aventuraron a nuevos lugares.

A veces, Angu se ponía triste al recordar a su familia, repartida por los mares y ríos del mundo.
- Las anguilas nacemos en el mar de los Sargazos, que es el lugar donde se reúnen nuestros padres al final de sus vidas para desovar. Desde allí, cuando todavía somos alevines, salimos en busca de nuestro río familiar. Cada familia tiene un río en su memoria y hacia él parten las crías en un viaje que dura meses. Se mueven todos juntos, millones de gusanillos, casi transparentes, recorriendo miles de kilómetros hasta las costas de Europa bañadas por el Océano Atlántico, relata a sus amigos.

- Cuando los alevines llegan a la desembocadura de los ríos europeos se han convertido en angulas, que son las anguilas bebé. En las noches de luna nueva, cuando el cielo y el mar están más oscuros, las angulas chicas empiezan a remontar el río nadando contra corriente, en busca del lugar donde antes estuvieron sus madres y donde ellas se harán mayores y se convertirán en anguilas. Las anguilas chicos se quedan en la desembocadura.Sólo unas pocas lo consiguen porque entre el mar y el río las esperan los cestos de los pescadores. Las angulas que superan los obstáculos de la corriente pasan años en el agua dulce del río. Hasta que un día sienten la llamada del mar y emprenden el viaje de vuelta. 
- ¿Y tú también volverás al mar?, preguntan sus amigos a Angu. 
- Claro, cuando sea mayor iré de nuevo al mar de los Sargazos.

Bermi también sueña con viajar a otros ríos y llegar al mar, conocer peces y animales de los que les ha hablado Angu: congrios, besugos, merluzas, delfines, cangrejos, almejas... En el arroyo nadie había visto nunca un delfín.
 
  La pandilla del arroyo supo que había llegado el otoño porque empezó a llover con fuerza. Una semana después seguía lloviendo. Los mayores empezaban a preocuparse.
- Si no escampa pronto se desbordará el arroyo, oyeron a la señora Rana.

El señor Barbo les recordó lo que habían aprendido en las prácticas de emergencia. 
No olvidéis nunca que debéis permanecer en el agua, si saltáis a tierra moriréis sin remedio porque no tenéis pulmones para respirar al aire libre. Tampoco debéis salir de los límites del arroyo sin la compañía de un instructor que os indique el camino de vuelta si os perdéis. 
Bermi, Carpo, Truch y Colorín trataban de disimular su miedo. Sólo Angu estaba tranquila.
 Finalmente, el arroyo de la Olma se desbordó.
 
La señora Rana croaba llamando a sus hijitos. Sapi y Renacuajo temblaban subidos a la espalda de su mamá. El señor Carpón y sus amigos se metieron en la cueva grande y cerraron por dentro. Nadie más pudo entrar al refugio. El profesor y Angu organizaron la operación de salvamento.
Sortead la corriente, protegeros en las hierbas de la orilla, gritaba el señor Barbo.
Un golpe de agua arrastró a la anguila.
- Angu, vuelve con nosotros, enróscate en las ramas. ¡Ven, Angu!, llamaba el profesor.
Pero Angu no podía oirle porque la corriente era cada vez más fuerte y porque en ese momento trataba de salvar a la abuela Trucha que estaba a punto de perderse en el torrente.
Bermi la vio serpentear entre las piedras del cauce y temió que su amiga tomara el camino de vuelta al mar. Pensó que el arroyo se quedaría muy triste sin Angu, recordó su viejo sueño de conocer el mar y decidió seguirla.
 
   Así empezó su aventura, un difícil y largo viaje.
Siguiendo el curso del arroyo llegó al río Cogollos y de allí a otro que llamaban Arlanzón, desde el que llegó al Arlanza.
En un primer momento creyó que aquél podía ser el mar. Le preguntó a un pez grande que le miraba con cara de pocos amigos.
- Perdone, soy Bermi, del arroyo de la Olma en Revenga y estoy buscando el mar ¿He llegado ya? 
- ¿Tú eres tonto o qué?, le dijo, esto que va a ser el mar, si el agua del mar es salada. El Arlanza es un afluente de un afluente de un río. Creo que te vas a  meter en un lío, chico.
    Bermi sospechaba desde hacía rato que se había perdido pero no quería asustarse. Había perdido de vista a Angu, y no conocía a nadie de aquel lugar. Además tampoco sabía distinguir el agua salada porque él siempre había vivido en el arroyo de la Olma. Optó por seguir adelante. 
    Así llegó al otro afluente del que le había hablado el pez grande y antipático.
- ¿Podría decirme cómo se llama este río?, preguntó a un cangrejo verde que se daba el gran festín en la salida de un colector.
- Tú no eres de por aquí, ¿Verdad? Porque no recuerdo haberte visto antes, respondió el cangrejo.

Soy del arroyo de Revenga, que se desbordó con la lluvia, dijo Bermi. He tratado de seguir a mi amiga Angu y llegar al mar, pero me parece que me he perdido.
- Huy, chico, perdidito del todo. Estás en el río Pisuerga, no te queda camino ni nada para llegar al mar. Yo te acompañaría si fuera joven pero tengo familia que cuidar, ya lo siento.
 
Bermi empezaba a estar asustado de verdad. Pensaba que iba a ser más fácil llegar al mar y ahora, perdido de río en río, sin poder distinguir el agua dulce de la salada temía no alcanzar su sueño.
- Seguro que Angu ya ha llegado al mar, pensaba.
Al recordar a su amiga no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos.
- Tengo que encontrarla, decidió.
    Como estaba un poco cansado, se durmió sobre la corriente del río. Cuando despertó le pareció estar en un lago enorme.
Esto sí que tiene que ser el mar porque no se ve la orilla por ninguna parte.
    Una familia de patos y un cisne le miraban.
- ¿Adonde vas dando tumbos como un sonámbulo?
- Creo que me he dormido… confesó Bermi, un poco avergonzado al verse observado por tantos animales mayores.
-  Claro que te has dormido, pero ¿desde cuándo? Porque tienes un aspecto penoso, añadió un cisne.
 
   Bermi se miró y admitió que las aves tenían razón. Estaba hecho una calamidad, tenía las escamas sucias, los ojos pegajosos, las branquias turbias y hasta se le había enganchado un helecho en la cola. Un auténtico desastre. - ¿Estamos en el mar?, preguntó tímidamente.
Las aves aleteaban de risotadas.
- Estamos en el Duero, uno de los mayores ríos de la Península Ibérica, respondió el cisne, acabas de pasar por Tordesillas, así que aún queda mucho río hasta el mar.
Déjale, dijeron los patos, que este pequeñajo no es de nuestra panda.
Bermi aún no sabía contar bien pero calculaba que llevaba muchos días fuera del arroyo de Revenga. Es verdad que tenía miedo de seguir pero, al mismo tiempo, se daba cuenta de que estaba conociendo lugares nuevos que ni se imaginaba que existían. Y, además, estaba decidido a llegar al mar. - Estoy aprendiendo muchas cosas que luego podré enseñar a Carpo, Colorín, Truch y a los demás amigos del arroyo.
Se despidió de las aves del Duero.
- En buen lío te has metido, chaval, le dijeron los bebés pato.
    Bermi siguió el curso del Duero mucho tiempo más. En la ribera pudo ver campos de cereal – trigo y cebada - como en Revenga, pero también tierras de remolacha, de patatas, de legumbres – garbanzos y lentejas – y viñas, muchas viñas. Tuvo que sortear gigantescos saltos en los que el agua caía con una fuerza colosal. Supo que eran fábricas de donde salía la luz que luego llegaba a los pueblos y ciudades.
De aquí vendrá la luz de la farola de Revenga, pensó. A la vuelta se lo contaré a mis amigos.
    Ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba recorriendo el Duero cuando se percató de que estaba atrapado en un espacio reducido, entre cuatro paredes y una barcaza grandota.- Mañana desembarcaremos los toneles de vino en Oporto, oyó que decía uno de los pasajeros del barco. Y, sin saber por qué, se puso contento.
Hacía días que Bermi había empezado a notar un olor desconocido.
- Será el vino que, según había aprendido en su viaje, era famoso en todo el mundo.
 Pero no era el vino de Oporto, era un olor diferente que no acertaba a distinguir. Cuando se abrió la compuerta de la exclusa, la barcaza se puso en marcha. Bermi decidió seguir su estela para no perderse en el camino a Oporto. El Duero se había convertido en un río grande, grandísimo, pero él sabía que aún no había llegado al mar.
Comprendió que había llegado a Oporto por el tráfico fluvial. Aquello era una cosa imposible. Se cruzaban barcos de gran calado con pequeñas barquitas con motor fuera borda y otras también pequeñas pero que se movían con unas palas planas.
 Bajo el agua se encontraban, además, cientos de objetos totalmente desconocidos para Bermi: bolsas, envases, botellas, cajas, plásticos, madera, cristal… El río era un auténtico vertedero.
 Bermi comprendió que también allí había muchos Bribones y que debía ir con los ojos muy abiertos para no golpearse con tanta basura y no ser atropellado por tanto barco.
 
Una vez más, se acordó del arroyo de Revenga, donde no había tráfico de barcos, el agua era más clara y estaban sus amigos.
- ¿Qué habrá sido de Angu?, se preguntó una vez más.
 
   La corriente se había hecho más rápida en aquel tramo. Se sentía empujado hacia delante con tanta fuerza que apenas podía esquivar el choque contra los vertidos.
Que me vais a hacer daño!, protestaba Bermi.
El recuerdo de sus amigos le puso un poco triste. Además estaba muy cansado y en aquellas aguas no conocía a nadie.
Una lata de refresco le golpeó en la aleta caudal. Le sangraba la herida. Quiso gritar y a poco se tragó una bolsa de pipas.
    Bermi se sintió indefenso y asustado. Estaba tan triste que se puso a llorar. Las lágrimas le brotaban como el agua de la fuente de Revenga.  Lloró tanto, tanto, que no se percató de que estaba solo en medio del agua. Había perdido de vista las orillas, los barcos, los vertidos… no distinguía nada a su alrededor.  
De pronto, notó que las lágrimas tenían un sabor diferente, no eran lágrimas de agua dulce, sabían a sal.
- ¡Estoy en el mar! ¡He llegado al mar!, gritó.
 
Efectivamente, había llegado a la desembocadura del Duero, en el Océano Atlántico.
 
Bermi se puso a saltar con alborozo.
- Tralarará, lara, lara. He llegado al mar, cantaba.
Pero cuando se le pasó la excitación se percató de que él no era un pez de mar, era un animal de río. ¿Cómo iba a vivir en un lugar tan grande sin perderse?¿Cómo iba a encontrar el camino de vuelta al arroyo de Revenga?
Estaba asustado.
- No puedo dejarme llevar por el miedo, ahora que por fin he llegado al mar, pensó. De la misma manera que he venido hasta aquí, tengo que pensar en cómo volver. Pero, de momento, voy a disfrutar de este lugar maravilloso.
Bermi se dejó llevar por la corriente marina. Notó que en algunos lugares el agua estaba más caliente. - Eso es por la corriente del Golfo, le contó Delfi, un delfín bebé que saltaba junto a su familia.
     El pez del arroyo aprendió a seguir la corriente cálida y a alimentarse del plancton marino. Así recorrió muchas millas sin alejarse demasiado de la costa para no perderse del todo.
    Había nadado un largo camino cuando, un día de verano, decidió acercarse a la playa.
- Debería ir poniendo rumbo a casa como hizo Angu, pensó.    Sorteando los barcos de pesca y las barcas de vela que navegaban por aquellas aguas, se aproximó con mucho cuidado a la orilla, aprovechando el empuje de la marea alta hasta llegar a una laguna de agua calentita. 
¡Qué bien se está en esta poza al sol!, exclamó. Voy a echar una siesta. 
    Pero Bermi no estaba en una poza. Al retroceder la marea, había quedado atrapado en una charca sin salida al mar. Oyó voces de niños que jugaban en la arena.
 

- Mira, un pececito muerto …
    El pez del arroyo abrió un ojo con mucho cuidado y vio que dos niños le miraban atentamente. 
- No esta muerto, está descansando…
    Los niños volvieron al castillo de arena que estaban levantando y Bermi cerró de nuevo los ojos hasta que distinguió una voz familiar.
- Abuelo, abuelo, mira este pez, es como el del arroyo de Revenga, decía una niña.
Bermi dio un respingo. ¿El arroyo de Revenga? Esa voz…
- ¡Si es Gadea, la niña Guachi que iba con su abuelo Jaime!
 
   Efectivamente, Gadea estaba en la playa con sus abuelos Jaime y Mery y, como era una niña muy observadora y le gustaban mucho los animales, había reconocido a Bermi.
- ¡Pobre Bermi! ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Te has perdido?, le interrogaba Gadea.
- Tenemos que devolverle al arroyo, propuso el abuelo Jaime, los peces de agua dulce están mejor en los ríos que en el mar. Incluso los peces aventureros, como Bermi.
 El pez hubiera querido explicarles su peripecia pero pensó que era preferible esperar a estar en el arroyo de la Olma y contárselo a sus amigos.
- ¿Quieres volver con tu familia y tus amigos?, le preguntó Gadea.
Bermi sonrió a su amiga con una sonrisa especial de pez que sólo ven los niños Guachis como Gadea. El abuelo llevó a la poza una pecera-caravana, en la que introdujeron a Bermi y y así emprendieron el viaje hasta Revenga.
 
Al llegar, se acercaron con mucho cuidado al arroyo y sumergieron la pecera en el agua para que Bermi pudiera salir  fácilmente.
 La primera en reconocerle fue Angu, que no había perdido la esperanza de reencontrar a su amigo.
- Es valiente y sabrá volver, repetía,    cuando los demás habitantes del arroyo creían que se había perdido definitivamente con la riada.
Todos se alegraron mucho de volverle a vez. Y más cuando Bermi les contó sus aventuras, lejos de Revenga.
Sus papás le encontraron muy crecido.
- Te has hecho mayor, le dijo mamá Bermeja.
 
- Y has sido muy decidido, añadió papá Bermejo, estamos  orgullosos de ti, aunque deberás tener cuidado de no perderte nunca más.- Conocer lugares nuevos y vivir aventuras es también bonito, contestó Bermi, y además, ahora que he aprendido el camino no me perderé. En vacaciones saldré a conocer otras aguas y así, si me extravío, puede encontrarme Gadea...